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EL SUENO DE UNA NOCHE DE VIGILIA (CON PERDÓN DE SHAKESPEARE) V- l: Pérfida comida de vigilia! exclamaba don Sandalio oprimiéndose con ambas manos un vientre voluminoso de gastrónomo impenitente, i Ño hay modo de digerirla! A todo esto hay que reconocer que los percebas estaban fresquísimos y jugosos, que la sopa de almejas me supo deliciosamente, que el potaje de espinacas, como mortificación de viernes cuaresmal, me pareció bastante agradable; que la lubina era de primera, el congrio muy escogido, y el salmón sabrosísimo. ¿Pues por qué digiero tan mal peces tan apetitosos y conspicuos? ¿Será porque en mi estómago se acuerden de la marea? Y diciendo esto D. Sandalio se metió en la cama. Eran las diez de la noche; había comido á las ocho; llevaba, por consiguiente, dos lioríiH de acuarium. Contra todos sus temores, se durmió al corto rato dé acostarse. Pero 8o ñó, y soñó lo sjguientt Estaba á bordo de un gran trasatlántico francés titulado La Moutarde. Veía perfectamente este nombre escrito hasta en la cara de! capitán del barco. D. Sandalio preguntó ¡i un marinero; ¿A qué hora se come aquí? lAliura mismoj, le respondió el marinero. ¿Y podría usted decirme el menúU Sí, señor; percebes, sopa de almejas, potaje de espinacas lul ¡ii: i, congrio y salmón. ¡Yo conozco esa coniui i! pensó D. Sandalio; la he tratado mucho i- ii tierra. Dirigióse al comedor D. Sandalio, sentóse, desdobló la servilleta, alargó la mano á la fuente de percebes y sintió de pronto un choinu terrible y oyó una detonación espantosa. Ki c nitán, qne presidía la mesaj se levantó C ii l: i faz desencajada y dijo: iSefioires; isálve. -e ei que puedal Acabamos de chocar. ¡A los boti- s Y desapareció llevándose un bcte de La Moutarde en el bolsillo. D. Sandalio arreo con otro y se lanzó sobre cubierta, dejando abandonado su cubierto. ¡Es- íí í i ss. taban perdidos! El trasatlántico se tumbaba sobre la izquierda (así estaba él tumbado en la cama) y las olas le barrían. D. Sandalio no titubeó. Sacó el bote de La Moutarde y se arrojó al mar, cuyas aguas tomaron u n color amarillento Después D. Sandalio se convenció de que no flotaba, según se iba hundiendo hacia el fondo del mar. ¿Quién ha dicho que el lecho del Océano está cubierto de una vegetación variadísima? ¡No hay más que espinacas! Esta hierba, en la que ya se s pechábamos todos aficiones marítimas, pnes siempre qne sale á la mesa anuncia pescados próximos, forma verdaderos potajes de bosques en el fondo del Océano. D. Sandalio quedó tendido sobre las espinacas; y apenas disfrutó tau cómoda postura, sintió humedecerse sus sienes en el fondo del vasto Océano. Un pez, nn pez enorme le contemplaba con cierta morosa delectación. D. Sandalio cerró los ojos espantado, y al abrirlos nuevamente, ya no era un pez, sino una legión de peces la qae tenía ante su vista. Todos grandes, todos frescos y todos al parecer con excelente apetito. Lubinas, merluzas, besugos y otros que D. Sandalio no sabía nombrar, rodeábanle como preparándose al festín. ¡Voy á ser pasto de los pecas! pensó don Sandalio con terror; y esperó más muerto que vivo la primera dentellada. Pero transcurría el tiempo, y los peces no le devoraban. Contentábanse con mirarle, como esperando órdenes. D. Sandalio no pudo resistir más aquel tormento, é incorporándose gritó: ¡Favor ¡socorro! Y se despertó; se despertó, no en el lecho del Océano, sino en su pro áo lecho. Palpóse y se convenció de que estiba vivo. Encendió la luz y miró espantado en torno suyo; ningún pez le contemplaba. ¿Qaé hora será? se pregantó. ¿Cuánto tiempo habré permanecido en el fondo del mar? Bascó el reloj; eran las doce menos cinco. -Ahora comprendo por qué no me han devorado los peces, exclamó triunfante D. Sandalio. ¡Estamos todavía en viernes, y no podían comer carne! LMOA TE