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tm k- TÍÍ- M SOLONíILLO DE CERDO A LA JARDINERA Se agarra nna cacerola que esté completamente vacía y, si ea posible, limpia, y después de encomendarse á San Antón (que en paz descanse) colócase dentro de dicho receptácnlo un poco de manteca natural, y sobre ella se reclinan suavemente pequeña? lonchas de tocino, los trozos más aplaudidos de una ternera, zanahoria vegetal, pimiento encolerizado, nuez amoscada, cebolla modernista, perejil inocente y tomillo de campo. Después de claveteado todo esto, pues también ha de entrar el clavo en la cacerola, y cuando la expresada mezcolanza se halle bien caliente (para lo cual no estaría de más tenerla á! a lumbre) se cubre amorosamente con solomillo de cerdo cortado en tiras estrechas, pero honradas agregando tres jicaras de caldo en buen uso. Durante una hora mortal se tiene á la desventurada cacerola entre dos fuegos: fuego en la hornilla, que debe estar debajo de la cacerola, y fuego en el tejado de la misma, ó sf a en la tapadera, cu dando de no coger con la mano las irritadas brafas, para evitar un tercer fuego, que podría propagarse al propio solomillo de la cooirera. Transcurrida la hora, queda el manjar en disposición de ser conducido triunfalmente á la mesa, no sin haberlo antes guarnecido con unos cuantos pepinos de la clase de párvulos. Los pepinillos, el perejil, la zanahoria y el pimiento con sus vivos colores, prestan animación á este plato, que por cierto debe ser despachado antes que los postres. Sin embargo, si algún caprichoso se empefiase en comerlo después del café, puede hacerlo con toda confianza. Por nosotros no hay inconveniente. r. CANGREJOS AL C H O C O L A T E No respondemos del buen resultado en la ejecución de la siguiente receta, porque ermo nos la dictó en pleno Carnaval vxi pinche de la clase de bromistas, estamos obligados á desconfiar de él; pero la insertamos únicamente á título de información, como dicen los reportera de los diarios políticos cuando sueltan una mentira muy gorda. Sale uno al campo con la escopeta y el perro, y así, como quien no hace nada, se trae uno á casita nn par de docenas de cangrejos vivos. Una vez éstos sobre el fogón, se les notifica la sentencia de muerte, encargándoles la posible resignación; y después de estraerles una cosita larga y fea del sur de la cola, se les deposita en una cacerola bien acomodada y no desprovista de agua fresca en ebullición. Al poco tiempo los obscuros animalejos se habrán ruborizado completamente, adquiriendo un tinte rojizo que les hace mucha gracia. Muy próxima á la mencionada cacerola se prepara una chocolatera provista de rabo, y en ella se baten con encarnizamiento peis onzas de chocolate que esté lo mejor imitado posible. Cuando el chocolate se halle bastante cocido y espeso, hay que proceder á rellenar con él los cangrejos de la vecina cacerola, operación que, atraídos por el olor del cercano chocolate, realizan ellos solitos. Se les deja que asalten la chocolatera y den buena cuenta de su contenido, y una vez repletos, se les hace pasar á una faente y en ella pon servidos. Como se ve, este sistema automático de hacer el relleno es muy cómodo y de alta novedad. JUAN PÉREZ ZUNIGA a 1