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iQué diferencia tan grande entre el germen de un ser y el mismo sor en la plenitud de su desarrollo! ¿Quién por el primero podría adivinar lo que iba á ser el segundo? La semilla de una planta ó de un árbol, ¡qué pequeña, qué insignificante, qué tosca al parecer! Y, sin embargo, esa semilla, centro casi matemático de fuerzas colosales, llega un día en que es árbol gigantesco que hunde en la tierra sus raíces, que eleva su tronco, que esparee en la altura sus ramas y que se cubre de. verdes hojas y de hermosas flores. Y sin el germen insignificante y casi ruin, el corpulento árbol no existiría! Pues esto mismo puede repetirse para todas las invenciones de la industria. También tiene cada una de ellas un germen, una semilla, un, punto en que empieza; y también son entonces insignificantes y ruines, despreciables casi. Mas como estas semillas sean fecundas y caigan en buen terreno, también llegan á ser verdaderos prodigios en el seno de las sociedades civilizadas. Pero en la semilla como en la invención, tres cosas son necesarias para su amplio desarrollo y para que al fin den frutos de vida y de progreso. Es forzoso, en primer lugar, que la semilla sea fecunda, que no sea vana apariencia, hueso hueco, cascarilla vacía, apariencia de algo, sin energía latente en su centro. Es necesario, en segundo lugar, que la semilla caiga en buena tierra; es decir, en tierra apropósito para favorecer su germinación. Si cae en roca dura que la rechaza, y vientos y lluvias la barren, al fin muere. Y del mismo modo, si el germen de una invención cae en un cerebro pobre, tosco, duro como roca ó inconsistente como arenal, en un cerebro cuyas celdillas no lo acojan con amor, no le presten jugo propio, no le den calor ni amparo, la invención ó su germen, por fecundo que sea, allí se quedará sin echar raíces hasta que la corriente sanguínea se lo lleve. Ea tercer lugar, es preciso que al empezar á desarrollarse la semilla encuentre una atmósfera simpática para su desarrollo. Ni calor que tueste el tallo, ni escarcha que lo hiele, ni lluvias que lo pudran, ni vendábales que lo tronchen. Y de igual modo, aun los inventos más fecundos necesitan una atmósfera social que les preste elementos para su desarrollo. Si la ignorancia ó la indiferencia los ahoga, si la envidia les roe las raíces, si la miseria como tierra agostada les niega todo jugo, si los trastornos sociales, las luchas saiigrientas, las guerras y las revoluciones los azotan y loa tronchan y los arrebatan, el invento morirá como moría la semilla. Por eso digo que uno y otro germen, el de una planta como el de una invención, necesitan para prosperar tres condiciones: ser fecundos por sí, caer en buen terreno, que es como decir en un caso en buena tierra, y en otro caso en el cerebro de un hombre de talento; y encontrar al desarrollarse un ambiente material ó social, conveniente para la evolución de la seinilla ó de la idea. Si estas tres circunstancias concurren, qué completa será la transformación, qué prodigioso el ereeimiento! ¿Quién en presencia del ser en su plenitud podrá adivinar al ser en su germen? Todas las grandes invenciones de la industria moderna, y aun todos los descubrimientos de. la ciencia comprueban la verdad de nuestras afirmaciones. Citemos algunos ejemplos: Un hombre ó una mujer, ó acaso un niño, no sé de qué siglo, ni de qué raza, ni en qué región, frota un granillo de