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SHELLEY Junto al golfo de Spezzia resplandece mansión alabastrina, que entre los verdes árboles parece desnuda y blanca ondina. Mansión feliz que aroman los rosales y arrulla el mar sonoro, y en que canta una fuente de cristales como un arpa de oro. Todo á la paz y á los deleites brinda en tan bella morada, donde el autor de Elena y Bosalinda se oculta con su amada. En cien batallas por el odio berido y triste el alma inquieta, reposo logra al fin en ese nido el inmortal poeta. Las mieles gusta allí de la alegría, ya libre de combates, de Byron en la dulce compafiía y otros insignes vates. Shelley, adorador del mar bravio, al son de barcarolas suele bogar en rápido navio por las hirvientes olas. Mas una tarde en que furiosa ruge la tempestad aciaga, la embarcación, desarbolada, cruje, ¡y el misero naufraga I A la playa después el mar, calmado, lanzó, como trofeo de su victoria, el cuerpo destrozado del infeliz ateo. Entonces Byron, el cantor sublime de los negros dolores, junto al cadáver de su amigo gime cubriéndolo de ñores. Luego, con cedro y sándalo encendidos forma hioguera radiante, y da á las rojas llamas los queridos despojos del gigante. Y en regia copa de marfil encierra las cenizas del noble compañero; lanza alaridos de clarín de guerra, y al mar retando, le maldice fiero. i -í- MANÜBL K E I N A