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C JL IvI F o JL Iví o R EDJKNDO á las instancias ú obedeciendo al cariñoso mandato de un político, Campoamor va á dejarse coronar. Hace muy pocos años pudí resiítir victotiosamente el entusiasmo con que Mariano de Oavia y otros notables literatos trataban de realizar el mismo glorioso propósito. Entonces suplicó á sus hermanos en letras que apartaran de sus sienes el laurel de la corcnación, y aquéllos obedecieron. Hoy le ha tocado á él obedecer, pues es sabido que lo que en Espafia no consigue nadie lo consigue siempre un ex ministro. Campcamor ha cedido por razones de afdcto á la voluntad del aludido hombre público; pero si tan poderosos motivos no exietieran, el resultado habría siiio el micmo: hubiera tenido que ceder á la fuerza. Ahí es nada atreverse á desobedecer á un hombre que ha desempefisdo tantos ministerios! Y sabido es además que el graa poeta perteneció durante mucho tiempo al Consejo de Estado, y un individuo, cesante ó en activo, de este alto tribunal, jamás desaira á un ministro en posesión de la cartera ó en potencia de agenciársela. Campoamor, pues, que como literato suplicó y obtuvo de otros literatos que no le coronaran, ha tenido como ex consejero de Estado que rendirse á la voluntad de un ex ministro! Afortunadamente, y aunque parezca mentira, esta es la voluntad de toda la nación. El Círculo de Bellas Altes, que acogió en primer término y con tanto entusiasmo la idea (y el cual por cierto debía adquirir ó proponer á otro Oantro la adquisición del magnífico retrato de Campoamor pintado por Emilio Sala) respondió al común y general sentir de los españoles. La coronación de Campoamor será, pues, una coronación plebiscitaria, no un golpe de Estado. ¡El laurel se posará en sus canas por el voto unánime de la nación! Pero ahl yo tengo por seguro que esos honores próximos y esas glorificaciones venideras no turban hoy un solo instante la tranquilidad de su pensamiento. Oampoamcr creo que lo ha dicho en verso: tiene el honor de despreciar la gloria. ¡Ha leído demasiado el Kempis para no recordar, aun en el momento de la coronación, estas terribles palabras, fórmula de la vida humana; ¡Todas las cosas pasan, y tú con ellasl Todas las cosas hasta las coronas. Y francamente, el qne recuerde esas frases á menudo, ni ambiciona ho: ores, ni solicita triunfos, ni se deja desvelar por tan pasajeras vanaglorias. Tal vez hoy, que los años le encadenan al cómodo pero perpetuo sillón de su despacho, olvidándose de ese gran tributo de admiración y de carifio que le prepara la patria, recuerde una época no muy lejana (hace seis ó siete afios á lo sumo) cuando iba por las tardes al Retiro, llevando en los bclsillos un lápiz, un tirador de goma y un cucurucho de caramelos. El lápiz, para escribir versos; el tirador de goma, para espantar pájaros disparándoles piedrecitas que, por torpeza del tirador ó por propósito compasivo del mismo, no les herían nunca; y el cucurucho de caramelos, para distribuir éstos entre todas las amigas que hallaba al paso, á las cuales les decía una flor, les daba un caramelo y les dedicaba después una dolora. Era entonces el tirador de goma, ó tirabeque, arma favorita de los golfos madrileños, y el Betiro estaba lleno de mozalbetes desarrapadt s cazadores de pájaros. Estos infelices no gozaban un momento de tranquilidad, y para ter minar una canción tenían que subirse á las ramas más altas de los árboles. El gran poeta rivalizaba con los golfos en el departe de las piedrecitas, y más de una vea se habrán preguntado El Batán viejo y El Viruelas: ¿quién será ese señor de patillas blancas que tira tan mal á los pájaros? ¡Un señor al cual le concede la patria una corona porque no hirió á ninguno I Y mientras sus manos manejaban con tanta torpeza el tiragomas, su pensamiento labraba un diamante, tállala en una idea las facetas del verso. Hundíase en el bolsillo el terrible tirabeque y aparecía en la mano diestra di 1 ca zador el lápiz. ¿Papel? No hacía falta. Era una humorada; dos versos, una adivinación, una genialidad, el roce de una gran idea. ¡Al puño de la camisa 1 En él escribía el poeta sus versos, ¡versos inmortales, á pesar de la lavandera! Y satisfecho de su caza incruenta y de la humorada escrita en el puño izquierdo de la camisa, encaminábase á los paseos conearridos del Retiro para distribuir su provisión de caramelos. ¡Qué guapas y qué jóvenes encontraba á todas sus amigas! ¡Qué cosas tan agradables les decía! ¡Cuántos caramelos les daba, y qué bien sabía confesarlas... Pájaros, versos y mujeres. ¡Qué hermosas tardes aquéllas! ¿verdad, maestro? La coronación será una fiesta hermosísima, y en el Retiro; pero ¡ay I ¡sin tirador de goma, humoradas ni caramelos I J o s i DE ROUBE L