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LENGUAS DE CARNERO Ante todo, se debe ir en busca de laa lenguas de camero adonde haya probabilidad de encontrarlas, para lo cual no es oportuno dirigirse á ningún almacén de objetos de escritorio, sino á un puesto de esos que se denominan casquerías, y no porque en ellas se vendan cascos. Adquiridas las lenguas, hay que preceder á descargarlas, no disparándolas precisamente, sino quitándoles con un cuchillo la parte posterior, que es la más fea y la que más estorba. Limpias las lenguas, sin que para limpiarlas sea precisa la purga previa, se las introduce honestamente en un puchero adulto, px) n el noble fin de que cuezan hasta que se cansen. Luego se les quita la piel, para cuya operación no está demás sacarlas del puchero; y una vez despellejadas sin compasión, se les abre por el centro. Esta abertura dejará paso á un picadillo bien sazonado, cuyos detalles de ejecución no son del momento, porque se trata de un picadillo vulgar, aunque probo y honrado. Verificada sin pompa alguna la faena del relleno, se procede á la clausura de las lenguas, y se envuelve una por una en papelea muy untados de manteca, cuidando de que estos papeles sean blancos y no impresos, porque una lengua de carnero abrigada por una sesión de Cortes ó por un par de esquelas de defunción, podría tomar involuntariamente un sabor de mil demonios. Espolvoreadas las lenguas con perejil y otras hierbas de salón, se colocan en una pequeña parra, ó sea en una parrilla sobre fuego graneado. Cuando adquieren el punto debido, se les recomienda que lleven á cabo una retirada honrosa, y se les sirve á la mesa, en donde, como lenguas que son, pueden hablar muy alto en favor de la cocinera que las guisó, si es que realmente estuvo inspirada. El plato á que nos referimos constituye el maogar predilecto de algunos académicos de la Lengua. A otros no les agrada, porque se les figura que se comen algo de si mismos. JALEA DE NARANJA Los elementos necesarios para la confección de esta golosina no son venenosos. Son los siguientes: Media docena de naranjas (seis próximamente) Tres limones de carácter dulce. Una libra de azúcar (dulce también, si es posible) Una onza de cola, prefiriendo la de pescado á la de carpintero. Un poco de agua clara. Un cedazo (que puede ser adquirido en cualquier calle, menos en la de Cedaceros) Lumbre calentita y abundante. Una cacerola que tenga en el fondo el menor número posible de agujeros. Y unas manos pecadoras, pero aseadas, que pongan en movimiento con habilidad los ingredientes supradichos. La confección de la jalea es sencilla cual la tórtola. La cocinera meterá la cola en el agua, y allí se disolverá silenciosamente, mientras tanto se va entreteniendo el azúcar en confundirse con el jugo de las naranjas y de los limones. Después de haber cocido todo esto hasta reventar, para lo cual bastará tenerlo sobre la lumbre una corta temporada, se hace pasar la mezcla por el cedazo, y se derrama con cariño en el interior de una compotera, porque derramarla en el exterior no sería del mejor efecto, si hemos de ser francos. La jalea de naranja, que constituye un postre más agradable que el aceite de ricino, recrea el paladar, refresca el cerebro y conforta el espíritu. Ya lo dijo un poeta del siglo de oro bajo: Hay dos cosas en el mundo la jalea de naranja que me parecen muy bien: y el jaleo de Jerez. JUAN PÉREZ ZÚÑIGA