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-Mf- m sIS i Pepe Losada sentía la ambición española, esto es, la de ser muy nombrado en los periódicos y ser muy personaje. Sobre todo personaje político, lo cual, visto desde los pueblos enfeudados por el caciquismo, es el honor supremo y la fortuna acabada, porque junta todas las felicidades: poder, influencia, respetos y riquezas. T el camino más tentador para esos ambiciosos, frustrados las más veces, es el de la literatura periodística, de donde suelen salir los políticos que no han servido para seguir siendo literatos á secas. ¡El periodismo! La profesión libre, la profesión universal, la carrera de escala siempre abierta, en que las cuartillas son únicos títulos y la pluma único talismán para forzar las puertas del mundo, del Parlamento y de la fama. Y dicho y hecho; Losada se metió á periodista en el vertedero nacional de Madrid, á donde afluyen las ambiciones provincianas como los ríos al mar, para amargarse. Llegó con mala provisión de dinero y buena provisión de ilusiones; pero ni una por corta ni otra, aunque larga, le duraron mucho tiempo. El clima espiritual de las grandes capitales produce los efectos que en lo físico producen los climas fríos: entonan á los fuertes y destruyen á los débiles. Romper la ola de la muchedumbre que en la cuesta se afana por llegar á lo alto y lo visible, es obra del empuje ayudado de la constancia; quien no los tenga se pierde sin avanzar entre la turba, que le deja atrás, si no lo ahoga y lo pisotea. Losada había publicado en periódicos de su provincia algunos versos y prosas con aplauso de parientes y amigos. Su nombre resonaba como una esperanza, resonancia igual á la del piano que aturde los oídos en el gabinete cerrado y se apaga al aire libre. Engañado por su reputación chica, Losada imaginó que la reputación grande sería obra de llegar y besar el santo, sin considerar que el santo tiene á sus pies larguísima ñla de devotos, y que además los devotos, mientras no arriman la boca para besar, se entretienen en arrimarla al vecino para morderle. Hay que emplearla en algo, ya que está preparada. Nuestro mozo, recluta de Ja gloria, sintió pronto los desmayos propios leha sin victoria. Sus escritos morían olvidados en los archivos de as redacciones de periódicos. No conseguía romper el hielo que circundaba su persona y su nombre. Y para conseguirlo trazó un ardid no completamente original, supo niendo que la fama puede hacerse por intriga y faJsificación como se hace un personaje en la política y como él habla visto hacer muchos diputados y gobernadores en sa provincia. Dióse á leer lo mejorcito de algunos escritores de mó rito indudable y con- agrado por el voto nniverpal, pero ya olvidados por antiguos ó no muy conocidos por extranjeros. Y escogiendo lo mejor de lo mejor, el triple extracto de lo más florido y la quinta esencia de la mas perfumada belleza, preparó, para darlos como suyos, trabajos, cuentos y estudios verdaderamente admirables. La conciencia le argüía por el hurto. Pero es preciso, se decía, fljar la atención distraída de las gentes. Rota la indiferencia y hecha la reputación, no necesitaré hurtar, y restituiré á sus dueños lo hurtado. Dicen que para los capitalistas lo difícil es reunir el primer millón; los demás se vienen solos á la mano; hagamos, pues, el primer millón literario con lo ajeno, que ya haremos el capital con lo propio. Y esto es oro, oro puro contrastado y valedero en toda la redondez de la tierra. El mal ejemplo de ese aforismo mercantil, los apremios de la necesidad y el buen propósito de la restitución futura, tranquilizaron la conciencia conturbada de Pepe, que puso en ejecución su plan. No fué sorpresa, sino consternación lo que sintió al advertir que el oro puro y contrastado no pasaba tampoco de los cajones de la redacción á las cajas de la imprenta. Alguna vez, por fuerza de la solicitada recomendación del mendicante importuno, el oro salía á luz en el último rincón de un periódico complaciente. A pesar de ello, la indiferencia pública y la insignificancia personal seguían siendo lo que fueron antes. Entonces su consternación llegó al grado máximo de la