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i f i e Desdefioso de los rigores de la ventisca, avanzaba Suárez Martin carretera adelante ea la direcc ón de la aldea. Sa 8 pies, calzados de recias botas, iban dejando huella en la nieve, y lo que antes era un ampo, transformábase en menudos baches de vidrioso légamo. Vestía los arreos del cazador: traje de pana, boina al estila vasco, cinturón con arsenal de cartuchos, escopeta de dos cañones terciada á la bandolera, y morral de red. A su lado, nn perro de casta indefinible á priinerá vista, pues no era perdiguero, ni lanudo, ni de ninguna de las varied a d e s corrientes, marchaba con vivo contoneo de ancas, como si le urgiese llegar al pueblo antes que su amo. Suárez Martin parecía distraído. El rostro moreno, limpio de bigote y barba, expresaba ese templado sosiego que comunica á los músculos- la vida campesina, y la mirada errátil encariñábase con la visión remota del cielo y de la inar. De rato en rato, un ramalazo de la ventisca le sacudía de cara, deteníase un instante como quien intenta afirmarse para no caer, y amortiguado el ímpetu de la ráfaga, echaba de huevo á andar con el mismo lento y seguro paso. El perro, menos paciente que su amo, avivábalas zancadas, y en más de una ocasión volvióse como para reconvenirle por su inalterable cachaza. Sin hacer caso de las demostraciones del precipitado can, Suárez Martín iba reflexionando sobre su si ación. H o m b r e esencialmente ejecutivo, se avenía mal con las am b i g ü e d a d e s é incer adumbres en que á menudo nos coloca el azar, y como estaba, enamorado de una mujer, propúsose no diferir más tiempo la declaración que ya anteriormente se formulara. Si me rechaza, se decía, me largo á. Baideos, tomo el primer vapor y no me detengo hista Buenos Aires... lie allí á poco encreyió el pueblo, pintoresco amasijo de casnchas que parecen contarle al mar la cuita de su perdurable miseria. -Mediaba la mañana, y el ri or del viento cedía á la clemencia del sol invernizo. La nieve empezaba á, fundirse. Del aionte situado á la izquierda- del camino, cQjifórme se ya á la aldea, ei- curríase el agua sobre Jos taludea que rematan en ía misma cuneta, y- aquel repentino gotear délas peñas distrajo un mom. ento á Suárez Martín de sus amorosas cavilaciones. A u n q u e amortecido por la distancia, llegaba hasta él lejano repique de campanas Acordándose de pronto que era domingo, apresuró el paso con intención de ver á su preferida al salir de misa. Llegó á tiempo. Sin preocuparse de su familiar empaque, metióse bajo- 1 póitico y se detuvo á presenciar cómo jugaban varios mozalbetes á la pelota. La agilidad de uno de ellos le distrajo de veras. Para sus adjCntros auguró al chico lucido porvenir si perseveraba én aquel juego. No tardó JBU concluirse el Oficio divino. Primero desembocaron de la iglesia dos ft. 1 deanos, charlando con ingenua calma de negocios agrícolas. Fué nienester empujarles para que frsjnquearan el pasó. Luego que hubo salido el grueso de los fieles, asomaron por la puerta dos muchachas, cuj o aspecto de señorío disonaba de la humildad aldeana. Su distijución estaba, antes que en el vestido, en el porte. La mayor de ellas, la niás espigada, era una pelinegra de morunos ojos, páUda, con esa palidez de las mujeres crioljas que parece ser el sello del clima, y en el andar despacioso ponía el ritmo lento de lus seres que han nacido bajo los trópicos. I- -Ames de entrar en la iglesia j hemos visto á su perro todo emba rrado, y en seguida nos figuramos t que estaba usted de caza, decía una de ellas, la mayor, con afable naturalidad. -Me desperté á eso de las cuatro, y como no podía dormir, se me ocurrió subirme al monte á disparar unos tiros. Ya lo ven ustedes; total, nada. Y al decir esto mostraba el fondo deil morral donde yacían tres perdices, de las cuales eran dos pardillas y una blanca. -I Pobres animalitos! exclamó la criolla llevándose una de las aves muertas á la boca, como si quisiera infundirle aUento de vida. Esta blanca era muy bonita. ¡QÜÓ lástima que tenga las patitas cenicientas manchadas de eangrel... -Esa es la que más trabajo me ha costado, decííi Suárez Martín. Al caer apeonaba de largo, porque la perdi jronada se le metió bajo; el ala deirecha, y ei no es por rá ííí ¿q u e m e la capturó entré setos vivos, se me escapa