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EL CARNAVAL EN LA CALLE Son muchos loa madrileños que en cuanto asoma el Carnaval su gorra de cascabeles, ponen unas cuantas mudas en una maleta, encamínanse á la estación del líorte ó á la del Mediodía, y huyen de la villa y corte como si en ella quedara el diablo. ¿El diablo? Bah! no tanto, asustadizos madrilefios; un pobre diablo, en todo caso ahito de peleón, disfrazado con la colcha más astrosa del lecho conyugal un diablo casado! y más embadurnado de vino por dentro que de bermellón por fue- nn pobre diablo que después de recorrer calles y p glaías de la coronada villa asustando criaturas y profiriendo desvergüenzas, cae al iin entre las garras de dos guar dias de Orden público, y s e m b r a n d o eses mayúsculas por el adoquinado de la capital, da con sus huesos en el encierro de la prevención y duerme su mona carnavalesca s o b r e la sucia tarima del calabozo, hasta que le despierta la citación para el juicio de íaltas con. las terribles palabras del Miércoles de Ceniza: ¡Polvo eres y en polvo has de convertirtel ó sea nueve pesetas l. a- Cde multa por escándalo públi -io y las costaa. El Carnaval callejero, con ler un personaje sucio, desvergonzado y vinoso, es mu oho menos temible que ese Carnaval que se ampara en el cerrado recinto de los teatros y mueve el cuerpo al compás de la habanera, que tanto ha contribuido á que perdamos la Habana, y de la polka íntima, que sólo tiene la intimidad de las sensaciones de los que la bailan. Mientras la estúpida pregunta de ¿Me conoces? recorre las calles, nada hay que temer de ella, aunque la formule un ciudadano disfrazado de oso; cuando esa interrogación resulta verdaderamente peligrosa es cuando se cruza en un baile entre todos y todas, los que se conocen. soi) xadamente, hasta que lo niegan ante el jaez de guardia. El Carnaval callejero es en Madrid un verdadero Juan Lanas, borracho de puro inocentón, bromista con la terquedad que caracteriza á las bromas de los ebrios, sucio por ineficacia del disfraz, pues los sucios de todo el afio deberían de ser limpios cuando se disfrazan; grosero por gracia y por naturaleza, y vecino del barrio de Tetuán por lo abundante de las monas. Los señoritos en Madrid se disfrazan de bebés con el único propósito de lucir las pantorrillas. Los hombres del pueblo cuando abjuran de su virilidad, y también van acostumbrándose demasiado á ello, buscan de otra manera el ¡acimiento. Su gracia femenina está en la aparente fecundidad. Si Napoleón I resucitara y viniese á Madrid por Carnestolendas, encontraría muchas mujeres de las que él admiraba tanto, que son hombres disfrazados; y si el glorioso Emperador no tuviera demasiada prisa de volverse á sus soledades del Panteón, podría encontrar también muchos hombres que son mujeres disfrazadas.