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efecto; encontrábase Clara á la entrada de la calle de Genova, por donde descendían hacia el paseo de coches abigarrados grupos, una corriente no interrumpida de gentuza, que arrastraba pilluelos y mascarones desarrapados. Envueltas en la raída colcha y enarbolando la destrozada escoba ó el pelado plumero; embutidos en la lustrina verde colorada ó negruzca de los diablos rabudos; ostentando la blusita del bebé ó agitando á cada movimiento millones de tiras de papel de colorines chillones que de arriba á abajo los cubrían, los mascarones pasaban alegres y bullangueros, charlando en- falsete, requebrando á las chulas de complicado moño, literalmente oculto bajo una densa capa de confetti multicolores, que volaban en derredor á cada movimiento de la airosa cabeza. Algunas de aquellas mocitas de rompe y rasga, al pasar cerca de Clara, tomándola, como era natural, por un lacayito atildado y mono, la provocaban, la requebraban con pullas picantes. Clara se reía: no recordaba haberse divertido tanto desde hacía mucho tiempo. La animación del Carnaval callejero se le subía á la cabeza, como se sube el mosto ordinario, pero fresco y saluble, de una fiesta popular. Encontraba el día hermoso, la vida buena, y un aire de primavera al través de los agujeros de la máscara acariciaba en boca y sus ojos. Si lo saben y me despellejan) -pensaba, peor para ellos Yo habré pasado una tarde encantadora. Ahora me acerco al paseo y me entretengo en filiar á todos mis amiguitos y amiguitas ¡Valientes infelicesl Allí estarán aguantando jaquecas y comiendo pato Cuando discurría así, una vocecilla. aguda resonó á sus pies, y unas manos débiles y tenaces se agarraron á sus botas. -Oye, tú dame una limosna, por amor de Dios, que tengo mucha hambre. Clara bajó la vista. Cien veces había oído el mismo sonsonete, y una moneda de cobre bastaba para desembarazarla del mendiguillo. Este se me pega como una garrapata -pensó. No tiene gana de soltarme... Sacó del bolsillo del levitin una peseta, y la presentó al niño. Esperaba una explosión de júbilo, frases truhanescas y desenfadadas, de esas que saben decir los pordioserines del arroyo Con gran asombro vio que el chico, al tomar la peseta, cogía UpllLU íJlnaiiU dCi apuL. jli licu u ¿a úbsabu uuialiub Lna eepetla de vergüenza y de comprensión desconocida hasta entonces penetró en el alma de la opulenta señora de Anstalt. I No había pensado nunca que con unapeseta- -cantidad para e la sin valor apreciable, como para otros el céntimo- -se podía hacer brotar un chorro de agradecimiento tan vivo y tan espontáneo Bajó los ojos trabajosamente con el estorbo de la cabeza de cartón, y tomando al chico en brazos lo alzó en vilo. -Pequeño, ¿de quién eres hijo? A ver. -De nadie- -contestó el pilluelo. ¿Cómo es eso? ¿De nadie? ¿Ko tienes padre? -Ko sé Iso le conozco. ¿Y madre?