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Cerca de tres años hemos estado pasando diariamente, á todo correr del tranvía, por delante de la casa que había de ser nuestra oficina, casi nuestro hogar, porque la comunidad de la labor y del afecto crea vínculos tan estrechos y firmes como los de la sangre. Cerca de tres afios contemplando á diario cómo se elevan los muros, cómo se adorna y pule la fachada, cómo entran y salen los obreros blancos: albañiles, canteros, pintores y adornistas, para que luego entren y salgan los obreros negros: cajistas, fogoneros, electricistas, redactores. Y en estos tres años, ¡cuántas veces hemos contestado á la pregunta fija en labios de los cariosos y transeúntes: Bueno, ¿y aquí quién va á vivir? -Aquí no vive más que el conserje, y tampoco es vivir, porque ustedes no saben qué puerta es esa. Pero al público, cuando da en un tema, no se le saca fácilmente de su error, y así los viajeros del tranvía como los vecinos del barrio, los amigos de cada cual y los transeúntes que miraban desde la acera de enfrente esta casa de cuatro pisos y su taller fotográfico por montera, no cesaban de preguntamos: ¿Pero aquí quién vive? Hora es ya de que contestemos corampopulo á este i qnién vive! e x p l i c a n d o como mejor se pueda la razón de que una cosa tan ligera y chica, al parecer, como un semanario callejero, exija más local que diez familias numerosas; porque ya lo dice la adivinanza: Una cosa como una almendra, entra en la casa y todo lo llena. En la casa de BLANCO Y NEGEO máquinas en reposo exhalan el acre olor de las imprentas, como el cuerpo de los obreros rendidos exhala el sudor acre con que todos los humanos, aun los que parecen más desocupados y felices, ganan el pan por irremisible sentencia divina. Mas no viviendo nadie, la vida de todos queda, latente en la casa cuando queda sola. Vida hay en la cuartilla que quedó á medio escribir sobre una mesa de la Bedacción y en el dibujo fresco puesto á secar en elportaestudios; vida hay en el papel sensibilizado que aguarda encerrado en el chassis la salida del sol y en la placa de zinc que espera el corroído de los ácidos; en las cartas sin abrir, en los ejemplares á medio empaquetar, en el metal de imprenta dispuesto para la estereotipia, en los caracteres tipográficos revueltos en las cajas como hormigas que duermen en el hormiguero, y hasta en las maculaturas grasientas y enmascaradas que ruedan al pie de las máquinas de imprimir como pavesas que quedaron después de los fulgores y llamaradas del trabajo del día. Plumas mejor cortadas que la mía enseñaron la casa al lector, ya siguiendo los hilos flexibles de la instalación eléctrica, ya la huella que los artistas dejaron en techos y paredes; tócame á mí cumplir el oficio de cicerone de diverso modo, siguiendo las vueltas y revueltas de una cuartilla de original desde que llega fresco y manuscrito á la Redacción, hasta que sale impreso y pregcnado por esas calles. Todo trabajo de redacción ó colaboración literaria que llega á BLANCO Y NEGEO va á la mesa no tiene nadie habitación. Aquí, donde durante el día más de ien obreros de diversas aptitudes y cataduras poblamos el edificio de arriba abajo, reina el silencio y la soledad llegada la noche, y las REVISIÓN DE PEUBBAS del redactor en jefe, quien lo examina, no ciertamente para juzgar de B mérito, ya que en la mayoU ría de los casos una firma valiosa pone el original al abrigo de tales exámenes, sino para determinar