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LOS PERIÓDICOS DE MADRID (s u s INSTALACIONBS BN BL PASADO Y BN EL PKHSKNTB) Habrá habido pocos países en que se hayan fundado más periódicos que en Espa a, y pocos también en que hayan tenido vida más efímera la mayor parte de esas hojas de papel que se componen, se escriben, se imprimen, se leen y -olvidan en menos de veinticuatro horas, Y es que el periódico en España no ha sido, hasta hace muy poco tiempo, empresa capaz de proporcionar ganancias á los que se arrojaban á ella, sino manifestación acalorada de ideas, arma política para combatir á un adversario, bandera tremolada con denuedo para pelear por los ideales, clarín cuyos sones animaban para entrar en batalla. Con estas condiciones, los fundadores de un diario de aquellos que tanto abundaron en la aurora del régimen constitucional, cuidaban poco de la parte material de las publicaciones, y para instalar la redacción se elegía una casa cualquiera, en cuya habitación principal se colocaba una gran mesa de plnb rodeada de algunas sillas de Vitoria. Sobre la mesa tinteros de barro, algunas plumas, cajas de papel con ordinarias obleas coloradas, un par de grandes tijeras y abundancia de cuartillas no- muy finas, constituían lo principal dé la redacción, de cuyas paredes pendlaii, colgados en toscos clavos, los periódicos con los que se sostenían ardorosas polémicas. El despacho del director se colocaba en el gabinete contiguo á la sala, y todo 811 enaje consistía en una mesa barnizada en la que se colocaba Una escribanía de metal, y detrás de la mesa un sillón de gutapercha no muy flamante. A adininistración sé dedicaba una de las habitaciones interiores; y como no había que colocar en ella caja de caudales ni verja para contener al público, su decorado era de lo más sencillo y en completa armonía con el de las habitaciones principales. En redacciones estableéidás con arreglo á este modeló, se han escrito fogosos periódicos políticos dedicados á defender las ideas de libertad y progreso que estallaron con fuerza avasalladora después de la muerte de Fernando Vil. Los périodiquitos literarios de la época del romanticistno no contaban con tantos elementos, y tenían por única redacción la mesa de un café ó la habitación que en casa de sus padres ocupaba uno de aquellos jóvenes precoces, cuya ambición se cifraba en ver en letras de molde las endechas consagradas á la luna, ó los párrafos de prosa en que contaba las aventuras de algtíh enamorado caballero de la Edad Media, ó los desengafios que herían su alma y amargaban su existencia. Después del periodo de diez años de forzoso recogimiento que siguió á las expansiones liberales del 20 al 23, fué cuando comenzó á tomar importancia la prensa periódica y cuando hubo en Madrid periódicos que tenían el carácter de las principales publicaciones de ia misma índole que veían la luz pública en otras capitales de Europa. La Ahejai de que eran- redactores Pacheco, Pérez Hernández, Bravo Murillo y D. Alejandro Olivan, tuvo sus oficinas en la Puerta del Sol; costaba la suscripción veinte reales al mes, y se vendía el número suelto á diez cuartos; pero la instalación no sé separaba mucho del modelo que hemos presentado. La Bevista Española, periódico dedicado á S. M. la Beina Gobernadora, yque llevaba por subtítulo Mensajero de las Corles, estuvo establecido en la callé de Carretas, y sus redactores los hermanos Carnerero, Grimáldi, Alcalá Gálianb y Campuzano, no fueron muy exigentes en cuestiones de decorado. El Eco del Comercio, elprimer órgano dei importancia que defendió la causa de los progresistas, se instaló con mayor aparato que sus colegas en una casa que tenía entonces honoreB- xde palacio, situada en la calle de Atocha, esquina á la de Belatores. Allí se reunían con los redactores y el director D. Eerniín Caballero, los jefes de la Milicia Kacional, y los artículos ásíElEco producían en Madrid gran sensación y- fueron cawa de más de ún duelo Pero el periódico de más importancia de aqnellos aSos, del 43 al 46, fué Espa í, fundado y dlrigidp por D. Andrés Borrego, ál que hemos conocido en lúaúlütáos kfios de Su larga vida ostentando con satisfacción el tituló de decano de los periodistas españoles. Borrego era entonces un hombre joven, intrépido, de taleiito, que había viajado mucho y pasado algunos años en Faris, dónde llegó á gozar de cierta influencia política. Al venir á Madrid se iiistáló cotí lujó eii una antigna casa de la calle del Prado, en la qué daba con frecuencia suntuosos banquetes á los que asistían los hombres más notables de la época, y én su misma casa estableció las oñcinas de El Español, periódico para Ctiya fundiición énüitió acciones que tavieron una gran aceptación. Panoplias con armas qne no eran sólo de adorno, pues se usaban con frecuencia en lancea dé honor, adornaban, alternando con cuadros y otros objetos de atte, iaB paredes de la redacción de El É añoly xie era un salón bien decorado. f- V