Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
i í FH f O y Pésquese en el río Bidasoa un buen pedazo de salmón, y una vez trasladado á la cocina, divídasele con toda seriedad en cuadrados pequeños, después de haberle proporcionado un mal rato cociéndole en agua no muy fría. Sazónesele con sal, aceite y vinagre, procurando que éste manifieste bien su carácter agrio y que aquél no haya servido para la lamparilla. Con mariscos de huerta bien cocidos (ó bien cosidos, como diría una cocinera andaluza fórmese una ensalada prerrafaelista; sazónese (si está desazonada) y con algunas cucharadas de salsa mayonesa, espésese. ¡Espésese 1 iqué palabreja! En el fondo de una fuente que no sea de vecindail. yirn) lii p jní- aiia, n. juc -i l.i i saladaflUjiraiüi- liM, mírámlo i ijiii- -c pri te á servir di ujii! uUi co -Ijini a ¡lei- cailu. (lüín 1 s do éste haya logrado conciliar el sueño, arrullado por los berridos de la cocinera, despabílesele con una soberbia rociada de salsa mayonesa compacta, que cubrirá totalmente al salmón, hasta el punto de que, sin una detenida exploración, nadie podrá saber si bajo aquella manteleta de amarillos tonos se oculta un trozo de pescado ó una bolsa de viaje. Con esto y con agregar pepinillos célibes, aceitunas de olivo, chuletas de anchoa, cogollos de gallina y huevos de lechuga, ó viceversa, quedará la mayonesa de salmón en disposición de que la devoren, único fin para que fué criada. Si hay algún comensal que no se chupe los dedos al ¿omer este plato, demostrará una de dos cosas: ó que no tiene gusto ó que no tiene dedos. La menestra (ó la ministra, como la Uamalia cierta cocinera con quien yo tuve tratos lícitos en el terreno puramente; cuhnario) no es, á pesar de llamarse menestra, manjar propio de menestrales. Su confección, sin embargo, es sencilla. Se limpia medio kilo de gaisantes, uno por uno, después de haberlos mondado con cariño; se hace lo mismo con otras tantas judías de buena conducta; se añade á ésto lechuga fresca y alcachofas en cueros, es decir, conservando su parte carnosa y blanca, y despojadas de la abrumadora serie de corsés verdes que las oprimen el cogollo. Todo esto deberá rehogarse á fuego graneado en la manteca de un puerco cualquiera, siempre que no sea un puerco espín. Cuando el fuego sea más nutrido, se depositará en la cacerola una interesante colección de pedacitos de jamón, y se revolverá todo ello fraternalmente con una paleta, procurando no cogerla por la parte redonda mientras esté en funciones. Después de que haya hervido el expresado oípoMrrií, que puede contribuir á estrechar las relaciones entre los reinos animal y vegetal, se le añade una salsa hecha con perejil español y especias cosmopolitas. ¿Qué queda que hacer? Nada; servir la menestra, y que cada comensal se relama de gusto por sí mismo ó se haga relamer por cualquiera de sus dignos compañeros. JUAN PÉREZ ZÚÑIGA