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acusándose de sus pecados é iniquidades, y clamoreando con voces estentóreas, como para que se elevasen al cielo y faeran oídas por el Samo Hacedor: -I Agua, Dios mto, agua I Hubiera jurado el tío Cosme que el peñasco, signo ostensible de su penitencia, había crecido y centuplicado su peso, porque apenas podía llevarlo. Brotábale el sudor por los cerdosos y encanecidos cabellos, bañábale el curtido y surcado rostro y caía en anchos goterones sobre el polvoriento camino; agotído ya el vigor corporal, sentía trastornos y mareos que le quitaban la vista, obligándole á tranzar las flojas y vacilantes piernas. Paróse otra vez la procesión, y tomado un respiro, mandó el cura que continuase la marcha. ¿A- ónde vamos entoavía? volvió á preguntar el tío Cosme. -Pa alante, volvió á replicarle su compañero. Los penitentes comenzaron á subir una áspera cuesta: á cada minuto eran menos las voces que cantaban la Letanía. El cura, para animarlos é infundirles valor, repetía fervorosamente: -Dómine, exaudí nos Et dimittepeccata servís tuís ¡Agua, Dios mío, agua! Y la muchedumbre, elactrizada por la exaltación religiosa, olvidaba la fatiga y el cansancio y clamaba también: ¡Agua, agua, agual Sólo el tío Cosme iba callado, porque ya no podía echar la palabra del cuerpo. Sabida la cuesta, hízose otro alto; pero tampoco terminaba allí la rogativa, y pasados algunos instantes, pusiéronse los penitentes en movimiento. ¿Aónde vamos? preguntó, jadeando, el tío Cosme. -Pa alante Entonces el tío Cosme arrojó al suelo la piedra, que levantó un remolinillo de polvo, resolló como un f asile, se rascó el abollado cráneo, y dijo filosóficamente: ¡Pa inedia fanega e jaba que tengo yo zembrá manque se lo yeve too er demonio! JOSÉ DE DiBrJOS DE MÉKDEZ BUINGA VELILLA