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I í VA n 2 iU iie le su- í Hfleiita KuproH, y e n mny ilc día i- natiilo iibrii) l (iM ji y ¡UJK ZO á (le- íjicreznrne. Vistioii á l.i la pri- iii, iiyii. liuln ior NII rrmjcr, por qiiP ya c rc. i IÜ i ro ioii y liiil) it ríi t- ilo urniiiJo t Oiíinl. T. o f; i! t. ir í ella. Con Jos 1III! I) II H á im- -IID lOji- m- íi ir, en iymi; tr r. in luauuli) el sriT miiüo con e! de Ca ill: i, y i n (ii i UID jior li j iniíiifii. í a. h i el lío Cusüie A lu puerr. i de su CIMI ¡i.ii.ii j ya asomaban JDH i ri) s dc uti H. I ja i i eiuparcjar- c con e Amt, y iiot: in lo qm- no Ucvaliii- ÍÍ; IIO aliíU io lie pi iiilej) i- a, ilijol á- u tiuijer, la cual, oui j iiciiriíH y avÍM a 4l a, k- -M; ill iiioiiieiitn df a uel apuri) -Coge ese peñasco, le contestó, y ponió sobre la cabeza, q u e al fin es mortificación, y n o chica. Había j a n t o á la puerta de la casa u n a piedra de m á s que regular tam a ñ o q u e servía de poyo ó estribo para montar e n asnos y mulos. Tanteóla el tío Cosme, y con n o poco trabajo y con auxilio ajeno logró colocarla sobre su cabeza, sosteniéndola en equilibrio con las manos; ocupó uii lugar en la fila de penitentes y, siguió con ellos su camino. E r a n las calles empinadísimas y su pavimento de pedruscos, gastados por las h e r r a d u r a s de las bestias, desiguales y resbaladizos, y con hoyos profundos que habían desempedrado carros y carretas; e n el cielo azul, limpio, sereno, sin la sombra de u n a nubécula, brillaba u n sol de jastícia como anticipo del verano; el piso y el calor fatigaban á los peregrinos, y el tío Cosme, resoplando, sudaba á chorros bajo el peso de la e n o r m e piedra. I b a el sacerdote n o m b r a n d o los santos de la Letanía, y á cada u n o contestaba el coro: Ora pro nóbis. Luego el cura leía e n su libro y recitaba las preces de rúbrica, á las q u e respondía el inquieto monaguillo: ...Dómine dapluviam terree Vtproducatin montibusfcenum. -E t herham. -Riga montes de superioribus suis. -E t de fructu operum tuorum satiabitur térra. -Dómine, exaudi nos. Oremus Y concluida la oración, el bueno del cura gritaba con toda la fuerza de sus pulmones: -I Perdónanos n u e s t r a s culpas! ¡Agua, Dios mío, agua! Y los penitentes, blandiendo los cirios y las cruces, haciendo resonar las cadenas y avivando el mosqueo de las disciplinas, repetían con imponente y angustioso clamor: ¡Perdónanos nuestras culpas! ¡Agua, Dios mío, agua! Llegó la procesión al ejido, y allí hizo JI alto, con gran satisfacción del tío Cosme; pero t r a s de u n corto descanso, dióse la orden de marchar. ¿Aónde vamos? preguntó el tío Cos m e á su compañero. -M, -P a alante, le replicó el otro. Y anduvieron una media legua por la campiña polvorosa, sin m a t a s ni árboles, entonando la Látanla y las preces, J -4; f WP t