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t rr X ffiSA i íiíií ROGATIVA POR AGUA Los más ancianos del lugar no recordaban sequía tan grande como la de aquel año: hacía cuatro meses que las nubes no humedecían las tierras de la comarca, y secábanse los arroyos, perdíanse los manantía es, resquebrajábase el terreno con honda í grietas, moríase el ganado, que no hallaba agua para la sed ni pastos para el hambre, y los afligidos labradores lloraban la pérdida segura de sus cosechas. Aquel mes de Abril parecía Julio por lo extraordinario del calor. En el capíno y en las tabernas disputábase á gritos, como es uso de los lugareños andaluces, acerca de las causas de la sequía, trayéndose á cuento los pronósticos de Noherlesoom y del Zirggnzano. Atribuíala el médico á la falta de arbolado y á la despoblación de los montes; el cura á un cast go de Dios poi la impiedad general de los tiempos y la particular de su rebano, y el alcalde á lofe ma os gobiernos de España, que tienen la cu pa de todo, hasta de las sequías y de Id 8 inundaciones. Y como es cosa natural en los que deseí peran del humano remedio poner en el divino la última esperanza, el cura, vencidos los argumentos políticos de la autoridad y los resabios científicos del médico, dispuso la celebración de una gran rogativa ó procesión por agua, segúa dicen los Alivies de sacerdotes y Manojitos de flores, á la cual habían de asistir todos los vecinos del pueblo llevando signos de penitencia, tales como cirios ó hachones encendidos, cruces, cadenas, disciplina cilicios y cualesquiera otros instrumentos ó herramientas con que mortificar la carne pecadora y aplacar las iras del Altísimo, ó del dios de Sabaoth, al decir del cura, con asoitbro de sus rústicos feligreses, que no comprendían de qué dios les hablaba. Llegó el domingo y ordenóse la solemne procei ión de rogativa: comenzaba con la cruz parroquial, á la que seguían dobles hueras de fieles y el estandarte de la cofradía de las Ánimas, y terminaba con el alcalde, hinchado y majestuoso, lucieüdo la gruesa vara jurisdiccional y la capa de barredera, que descubría el saín por algunos sitios; el cura revestido de sus mejores ornamentos, y el monaguillo con su raída sotanilla roja, salpicada con chorreones de cera, ahumada por el iccensario y oliendo á pábilo y aceite. No faltaba la música de capilla, repreeentsda por un acordeón que tocaba el terceto de los tres ratas y la popular jota aragonesa. Unos penitentes cargaban al hombro pesadas cruces, fabrica r das de toscos leños; otros ceñían recias cadenas, cuyos extremos arrastraban por el suelo con un son temeroso; algunos flagelábanse las desnudas espaldas con disciplinas de ramales guarnecidos coa puntas de vidrio; y así pasaban por las calles d i del pueblo, compungidos, llenos de fe y mascullando la Letanía de los Santos. t; v V v r El tío Cosme se había dormido muy tarde la noche anterior, desasosegado con ei picaro reuma.