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t fA -Eatonces, replicó furioso D. Valentía, le encerraremos en la cárcel, porque estos robos no pueden quedar impunes. Después de proferir esta amenaza, el propietario y su esposa se quedaron mirando al labriego para ver el efecto que le habían causado aquellas palabras; pero el hombre permaneció inalterable, mirando con ojos estúpidos al suelo y oprimiendo con ambas manos la mugrienta boina. Sa cabsllo híspido parecía la cerda de un aaimal feroz; sus ojos hundidos no tenían expresión humana; su actitud era más bien la de una fiera acorralada que la de un hombre avergonzado. ¿No tienes miedo de ir á la cárcel? le preguntó D. Valentín. El labriego continuaba siempre mudo, sin levantar los ojos del suelo ni desarrugar el entrecejo, y sólo dirigía de vez en cuando alguna mirada llena de tristeza al saco de olivas que sostenía el guarda de campo en la mano. La mujer, de D. Valentín observó que el labriego tenía sangre en el cuello, la cual le goteaba de entre los ásperos cabellos. Este hombre está herido I ¿L 3 han maltratado ustedes? -No sé quizá se haya caído respondió uno de los gaardis Heno de confusión. Doña Para miró con severidad al guarda, y dijo: (Jae curen á este hombre- a ve usted, replicó D. Valentía, á lo que se expone por andar merodeando en mis JiJ (A- j; una noche es posible q ie le dejen á usted maerto de un tiro. jiiella amsnaza creyó D. Valentín que amedrentaría á la fiera, pero cuál no serla su asojnbro al ver que el labriego exclamó- con voz llena de profunda resolución; -El que me quite la vida me hará un favor; porque entre morirme poco á poco ó que me maten de una vez, es mejor lo segando- ¿Por qué no trabaja usted? preguntó D. Valentín. -Déme usted trabajo, respondió el labriego. Cuando llega la recolección de la aceituna ó la siega, todos teaemos algo que hacer; pero luego si pido trabajo, no hay; si quiero cazar, me quitan la escopeta; si tomo aceitunas, me dan de palos ó me encierran en la cárcel Yo no sé, no sé lo que voy á hacer. D. Valentín quedó perplejo ante las desesperadas manifestaciones del labriego; pero como no podía consentir ni autorizar el merodea en sus fincas, exclainó con indignación más aparente que real: -Yo no tengo nada qae ver con eso. E a adelante, cuidado con volver á tocar á mis olivos. Vaya usted con Dios. Los guardas se llevaron al labriego, y doña Para, llamando á uno de ellos, le entregó el saco de aceitunas y le dijo: -Dele usted á ese hombre lo que ha robado... Sefiorita... i. P -Ko le diga usted que yo se lo doy. D. Valentín no se atrevió á oponerse á la resolución de su esposa, la cual dijo: -El que posee machos olivos, debe tener, además de los guardas, otra cosa... ¿Qué? -Caridad cristiana, porque los guardas no bastan. EiFAEL TOREÓME DIBUJOS 01 MétUDSZ B 1 ÍIH 3 A