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LOS GUARDAS NO BASTAN Habia comprado D. Valentín González propiedades tan vastas en el pueblo de Villaolivop, que las gentes folian Ha marle el amo del tórmino y así era la verdad, porque dejando aparte algunas tierras labrantías que pertenecían al alcalde, y una vifia del sefiór cura, todo cnanto abarcaba la vitta en aquella feraz comarca era propiedad del referido Sr. González. Él compró también los bienes comunales del pueblo, que consistían en una hermosa dehesa y en nnos elevados cerros, abundantes en caza y cuajados de encinas. Aunque había hecho su capital jugando á la Bolsa, era bastante sesudo y mesurado en sus negocios; empleaba en el campo todas sus ganancias, y procuraba tener orden y economía en su hacienda, la cual administraba él mismo para no ser juguete de las filtraciones y desaciertos de manos ajení 8. Xargas temporadas pasaba el Sr. de González en su hermosa casa de Villaolivos, donde gozaba con la serena tranquilidad dé la aldea y la pureza de los sires del campo, todo el recreo, elegancia y comodidades de las grandes poblaciones. Aquella casa era con orto 6 te, como suelen decir los afrancesados, y el Sr. de González y su digna esposa dofia Pura ee deleitaban en ella, porque eran muy aficionados á la vida tranquila y á la dirección de los trabajos del campo, de los cuales entendían tanto comolos más consumsdos lábradoresi Únicamente inquietaban al rico hacendado las constantes denuncias que solían hacerle sus guardas de campo, porque los v. ecinos de Villaolivos, desde que perdieron los bienes comunes y las pequeñas propiedades de que antes gozaban, se lanzaron al merodeo, y no pasaba día sin que despojaran al 8 r. de González de parte dé los productos de alguna cosecha. Hoy, decía uno de los guardas, ban limpiao los olivos del campillo; más de doce árboles han amanecido desnudos- -Ayer encontramos lazos en el cerro ael Alcón. -Han talado Jos jarales de la cañada y han escamujado los árboles de la rambla. Todas estes noticias exasperaban al Sr. de González, que lleno de cólera exclamaba: E n este pueblo no hay respeto á la propiedad Es, necesario escarmentar á esos miserables Al primero que caiga en mis manos le voy á hacer sentir todo el peso de la ley iLadrones! ¡canallas! Después de proferir tan rudas palabras, daba órdenes muy severas á los guardas para que denunciasen á todos los merodeadores. Éstos solían hacer sus fechorías durante las horas de la noche; de suerte que siempre huía el délincnente, dejando huellas indudables de su delito. El Sr. d González, más encolerizado cada vez con la impunidad de tanto njerodeo, amenazó á los guardas con dejarr les cesantes si no ponían remedio al dafio, y les dijo que fuesen inexorables con el primero que cayera en sus garras. Estaba el propietario cierta iKMjhe con su esposa cerca de la chimenea, cuando oyó en la calle grandes voces dé gente que disputando cruzaba; abrió la ventana y preguntó cuál era la causa, del alboroto, á lo que respondió uno de sus guardas dé campo, que- conduelan á un hombre: -Señorito, hemos cogido este pez, que á la luz de la luna estaba vareando un olivo. Aquí le tiene usted. Ya llevaba más de media fanega de aceituaas en el: saco D. Valentín hizo entrar al desconocido para gozarse en su triunfo y hacerle las más severas reconvenciones, y á empellones de los guardas se introdujo en la casa un miserable labriego descalzo y harapiento y revelando su rostro la desesperación y el hambre. Entonces D. Valentín le dirigió las más graves censuras: le pronunció una especie de discurso sobre el respetoque deben tener los ciudadanos á la propiedad y á las leyes del reino; le ensordeció con terribles voces y tremendos apóstroíes, y acabó por amenazarle con la confiscación dé sus muebles y de sus aperos, de labranza. u n o de los guardas que eiscuchaba las palabras de D. Valentín, le interrumpió diciéndole: -Éste no tiene muebles ni aperos, ni na- da de eso; á éste le llamamos el Pelao; vive en una cueva que hay en el cewete, á la entrada del paeblí) y allíj como bestias, están su mujer y sus cuatro hij