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escollos. Me pondré un buen peso á la garganta para no sobrenadar calculó Tristán al divisar el muerto que se acercaba; y dos minutos después, la ola gigantesca, rompiéndose en las rocas á flor de tierra ya, depositaba sobre la arena al ahogado. Tristán se precipitó hacia él por instinto, y alzando el cadáver lo arrastró hacia el fondo del arenal, reclinándolo en una peña. A la claridad macilenta del poniente pudo observar que era un hombre joven y robusto. ICuánto habrá luchado éste- -pensó, -para evitar lo que yo busco á todo trance! Palpó el torso desnudo, magullado por lais piedras, y no creyó advertir en él la rigidez de la muerte. Hasta le pareció percibir un resto de calor vital. Sintió una sacudida eléctrica. ¡Vivel jEste T hombre vive aún I Temblando de emoción, recordando los primeros socorros que deben prestarse á los ahogados, colocó al hombre con la cabeza alta, le inclinó hacia el lado derecho, y le sacudió reiteradamente hasta que hubo arrojado un chorro de agua por la boca. Volvió á hin car la palma sobre la tetilla izquierda, y creyó notar un débil latido del corazón, que le hizo exhalar un grito de alegría. Gon sobrehumano vigor, cargando á hombros el cuerpo inerte, se lanzó por la cuesta que trepaba al castillo. El peso era grande: á mitad de la cuesta notó Tristán que la respiración le faltaba; detúvose un instante, y con doblados bríos siguió despué sin déte chón; ¿hay aguardiente? Y mientras corrían para facilitarle lo que reclamaba, Tristán, inclinado sobre el cuerpo, veía con inquietud la azulada palidez del rostro, señal cierta de la asfixia, y creía que la chispa de vida, la débil llama, iba á extinguirse. Hay que intentar el gran remed i o Y con más ilusión que nunca había probado al acercar sus labios á los de ninguna mujer, ppgó su boca á la boca yerta del ahogado, acechando el primer soplo de aire, mientras sus manos fuertes y elásticas opri mían rítmicamente el esternón y el vientre, provocando por me- dio de enérgicas tracciones la respiración artificial. Palpitante de esperanza y de caridad, se regocijaba cuando á la boca fría asomaban buches de agua amarga, mezclados con impurezas. ¿Si erar que ya penetraba en los pulmones el aire bienhechor? De súbito, percibió bajo sus labios un estremecimiento ligero; no cabía duda, el hombre res piraba! Afanoso, redobló la espiración, enviando aquella onda tibia que era la existencia, la resurrección, la salvación del mo %7 ribUndo se Y así que el rostro de éste coloreó ligeramente, así que se entreabrieron sus párpados, Tristán, rendido, sin dar se cuenta de lo que hacía, cayó de rodillas, cruzó las manos, y dos lágrimas pequeñas, dulces, frescas, se descolgaron de sus lagrimales A estas horas, Tristáa no se ha suicidado, ni es de nerse hasta soltar al ahogado en la cocina del castillo, donde ardía un buen fuego de leña. Pronto- -gritó Tristán á sus servidores, -vengan mantas; á calentar ladrillos y á llenar botellas de agua hirviendo; á traer un colDIBUJOS DE MÉNDEZ BEINQA creer que piense en suicidarse ¿Consistirá en que apreció la vida cuando la dio envuelta en su aliento? ¿Será que el tedio se disipa con la primer buena obra, como el fantasma al canto del gallo? EMILIA PARDO BAZÁN