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fioportan también pasiones y vicios que les vienen gíandes. Pequeños oficios de esos que sólo dan de comer, aunque poco y mal, en los grandes centros de población, son los que sostienen á esta innumerable y creciente golfería madrileña, que ya va siendo una institución, porgue tiene su literatura, sus pintores, su lenguaje, todas las trazas de una nueva y calamitosa clase social. El golfo es colillero, organillero, vendedor de periódicos, demandadero, etc. pero en iíinguna de estas profesiones funda su estado civil, porque entonces dejaría de ser golfo, libre como el aire. La calle es suya, y en todo Madrid vive como en su casa. En los paseos de la Ronda le veis tumbado al sol ó jugando á la rayuela y al cañó; á la hora de la para da está en Palacio, á la hora del rancho en los cuarteles, acude á las estaciones poco antes de llegar los correos, y cuando la suerte no le depara una maleta que llevar al hombro, echa á correr tras el coche del recién llegado, y jadeante y rendido pide una propina al acabar su record. El golfo está en todos los sitios y se cuela por todas partes. Entra en la Plaza de Toros por el tejado, y en los teatros á favor de la contraseña que pide á la salida de los actos. Éa el Prado se ejercita sobre la barra fija, y alrededor de los cuarteles hace su aprendizaje militar antes de que el Estado lo reclame. La caza de la colilla perfecciona su vista de lince; y luce su agilidad y su destreza cogiendo calandrias y jilgueros que vende luego en las tiendas de pájaros fritos. Come donde puede y duerme donde le dejan: en las covachas de las afueras, que son refugio de traperos, mendigos y matuteros de baja estofa; en las garitas de la Presidencia, en los portales de ancho y compasivo umbral, ó en plena acera junto á los respiraderos de cuadras y cocinas, cuyo vaho confortable recoge el cuerpo aterido del golfo. Problema el de la comida fácil de resolver en todo tiempo para un estómago frugal, y duro pero horrible problema el del sueño en estas desamparadas noches del invierno de Madrid. El género chico ha hecho del golfo un tipo indispensable, y no sólo del golfo sino de la golfa, creación aún más repulsiva que aquél. Al aparecer en los escenarios, en la novela y en la moderna poesía lírica, la gente intelectual, aun sin quererlo, hace la apoteosis de un tipo incompatible con la caridad, con la beneficencia y con la cultura. i. ec Pero tal se le glorifica, que la palabra golfo se tornará con el tiempo de despreciativa en laudatoria, y el pilluelo de Madrid podrá decir soy golfo con la misma vanidad que el romano decía; tOives rótnanm sum. LUIS BERMEJO fotografioa López del Arco