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Toda su desgracia surgió de improviso en su mente, evocada por su fuga de la granja paterna, por la hora insólita, por la inmensa pesadumbre de la noche en silencio. Y por su memoria pasó, como en un reguero de amargura, la muerte de su abuela primero, la de su madre después, el segundo casamiento de su padre luego; y á continuación el cariño de éste perdido, la madrastra maltratándola sin cesar, sin que sus quejas encontraran eco donde debieron encontrarlo, reduciéndola al puesto del can ó del micho, vistiéndola de sobras suyas, humillándola y empujándola á la locura que acababa de cometer y de la que no se arrepentía, sin duda con el propósito de quedarse sola de hecho. ¡Ohl ¡que se quedara! Ya ella tenía catorce años; sabía, gracias á Dios, poner un puchero, y aunque no de criada, de niñera encontraría en la ciudad donde ganarse un pedazo de pan, tranquila, sin golpes ni insultos. Pero había nacido allí; allí se había criado, y el alma se la desgajó en lágrimas al volver la espalda á la granja, dormida en la sombra. Hasta llegar á la ciudad tenía toda la noche de camino. Tomó una senda por entre dos maizales y salió á la carretera. Maquinalmente fijó entonces sus ojos en el cielo pidiéndole ayuda, y de súbito se sintió animada por un valor enorme. El horizonte entero, bañado por una serenidad infinita, era un inmenso parpadeo de estrellas. ¡Las hadas buenaig la miraban en masa á ella solal No parecía sino que sabían su fuga y salían á esperarla, á iluminarla el camino. La fe profunda, sembrada en su pecho de niña por su abuela, renació con una fuerza iritisitada en su corazón y apretó el paso bajo la claridad de los astros. Cinco ó seis horas anduvo sin aflojar la marcha. Al cabo de este tiempo comenzó á sentir la fatiga. Las tinieblas abruman con algo como la eternidad, duplican las horas. La rapaza comprendió que se la doblaban las piernas, que necesitaba descanso, y á pesar de su deseo invencible de caminar, de no detenerse, espoleada por el miedo de que la persiguieran, hizo alto, buscó un árbol copudo, arropóse bien en su capa burda, y con la confianza en el campo de quien se ha criado en él, se recostó ante el tronco, quedándose apoco aplastada bajo el suefio de plomo de la niñez aumentado por el trote. De pronto sintióse sacudida rudamente, abrió los ojos y se halló ante sí á dos hombres, dos guardas jurados de manta á la espalda, escopeta al hombro y canana á la cintura. Habían encendido una cerilla que hacía vacilaí el viento fresco, y la contemplaban á su débil luz. ¡La chica de Lucas I ¡Stí coQooe que ese i -Siempre fué levanl- ¡Pues habrá que, 11- -i Eh, rapaza, arriba te de nosotros 1 La chicuela se lanzó á los pies de aquellos dos hombres desolada, diciéndolea á borbotones lo que la ocurría, pidiéndoles por favor que la dejaran proseguir su ruta. Eran de mármol, y moviendo la cabeza negativamente, la levantaron con brutal brusquedad, llamándola embustera. Hubo entonces de ceder, y al echar á andar en la misma dirección que había traído, sus pupilas fueron á fijarse en el horizonte. A la claridad de la noche despejada habíase sucedido la absoluta sombra de una cerrazón impenetrable borrando un toldo espeso hasta el resplandor más leve de astro. Acordóse entonces la rapaza de la mirlada de estrellas que se quedaba cobijando la granja con su verdugo; en su superstición de campesina creyóse más perdida bajo el nublado, y con la voz llena de lágrimas, como una protesta contra el abandono de las hadas buenas, exclamó echando por la carretera: También ellas cierran los ojos para no mirarme! A) FOKSO PÉREZ NlbVA DlEDJOS DK M É N D E Z BRÍNQA