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LOS OJOS DEL CIELO I í Las abuelas lo saben todo. Estaba harta de oírselo decir al sefior cura en las pláticas del Rosario: la edad es la gran maestra de la vida; y aunque la metáfora no podía ser entendida en su total profundidad por los diez inocentes abriles dé la ehicuela, pensó, sin embargo, que cuando el párroco comparaba los muchos años con la persona más sabia de la aldea, por algo sería, y se propuso salir aquella misma noche de sus dudas. Que eran bastante difíciles de resolver ó iban á poner en un apnro á la venerable momia sentada al amor de la lumbre, junto al hogar campesino. Porque la rapaza proponíase nada menos que decirle: Abuela, ¿qué son las estrellas? Ha. cía mucho tiempo que con la atracción que produce en la infancia lo infinito, cada vez que clavaba la vista la nifia en el horizonte cuajado de astros sentía la misma curiosidad; ¿qué serán esos puntitos de luz? Pero la noche serena permanecía muda, y hé aquí que la palabra santa la ponía en camino de averiguar lo que deseaba. Y prontito. La abuela hilaba en su rueca, tostándose al fuego, cuando la rapaza entró en la cocina. Sobre el pañuelo que ataba y ocultaba el pelo de la anciana, surgía el copo blanco amarillento del lino en rama como una nubécula. Todo su rostro era un puro pergamino surcado de arrugas, y clavaba sus ojos fijamente en la lumbre, bebiendo en los troncos humeantes la vida, el calor que ya faltaba á sus miembros seniles. Los poyos de piedra, el arcón, las herradas, las sartas de platos, todo resplandecía bruñido por el vivo reflejo de las llamas. Las otras mujeres de la familia hilaban también ó cosían mientras los hombres recomponían los aperos. En esta paz del retiro cayó la pregunta de la rapaza, antes de tomar su habitual asiento al borde de las brasas. -Abuela, ¿qué son las estrellas? La abuela dio tregua a! huso, y todos sus setenta y seis años venerables se quedaron suspensos, sobrecogidos por un espasmo. Por un instante olvidó la rueca, y desclavando, sus ojos, que miraban desde lo hondo de una vida entera, de la lumbre, los fijó en el semblante ingenuo de la nieta, que esperaba la respuesta como un pájaro aguarda una miga, con un palmo de boca abierta. Y adivinóse en las miradas septuagenarias la indecisión, algo que vacilaba. ¿Pues sabes que no preguntas tú nada? exclamó la madre de la rapaza, una aldeana fresca y colorada como las maüzanas de su tierra. Si sábenlo todo los viejos, replicó la insistente mocita, sabrá la abuela lo que son las estrellas! Y sí lo sabía. El oráculo habló, emitió su veredicto de sibila. De pronto la momia tornó á su huso y exclamó como retardando adrede la respuesta: ¿Quieres saber lo que son las estrellas? Sentíase venir la definición en medio de una solemnidad augusta. Y con la fe de raza en lo sobrenatural, propio de la patriarcal montaña en que el aislamiento conserva la pureza primitiva, concluyó desde lo alto de su autoridad de dos veces madre: -Las; estrellas son los ojos de unas hadas buenas que no dejan nunca de mirarnos y que velan por nosotros desde arriba. II Con todo sigilo quitó la tranca que defendía por dentro el portón de la alquería; haciendo prodigios de habilidad para que no chirriara, descorrió el cerrojo, y acariciando por última vez al mastín, que conociéndola no ladró, lamiéndola, por el contrario, la mano, se encontró en el campo. ¿Dónde iba? Concretamente no lo sabía; por lo pronto lejos de aquella maldita casa, en la que había llegado á ser forastera, y en la que su nombre no se pronunciaba ya como antaño, con ternura.