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V l V I: L ROMPECABEZAS (C U E N T O DiS UBI ES) El nifio es una de esas criaturas delicadas y precozmente listas, que se crían en las grandes poblaciones, privadas de aire, de luz, de ejercicio, de alimento sólido y sano, víctimas de las estrecheces de la clase media, más menesterosa á veces que el pueblo. Siempre limpito, con su pelo bien alisado, formal, dócil y reprimido por naturaleza, Eloy no da en la casa trabajo ninguno. Verdad que si lo diese, ¿cómo se las arreglaría para meterle en costura su infeliz mamá, viuda, sola y atacada de un padecimiento crónico al corazón? Precisamente la verdadera causa del buen porte y conducta de Eloy es esa vehemente y temprana sensibilidad que suele despertar en las criaturas el temor de hacer sufrir á un ser muy amado, de entristecer unos ojos maternales, de agravar una pena que adivinan sin poder medir su profundidad. Eloy estudiaba las lecciones al dedillo, porque su madre sonreía con descolorida sonrisa cuando le oía recitarlas de memoria; Eloy cuidaba mucho la ropa y el calzado, porque se daba cuenta de que su madre no tenía para comprar y reponer lo manchado ó roto; Eloy se recogía á casa al salir de la escuela, en vez de quedarse pilleando y haciendo demoniuras con sus compafieros, porque su madre se alegraba al verle volver, y el chiquillo, con la intuición del corazoncito cariñoso, olfateaba que la melancolía de mamá se aliviaba con su presencia, y que al enviarle á aprender, separándose de él por largas horas, reali: Zíiba un sacrificio. Recordaba E; oy, sin embargo, confusa y minuciosamente á la vez, como recuerdan los niños, tiempos recientes eil que su madre no se quejaba, en que vivía gozosa Es cierto que entonces un hombre jo ven, brioso, animado, de pisar fuerte y negros Ligotes, vivía en la casa. El papal- -Eloy asociaba su memoria á la de cabalgatas en las rodi: lias ó sobre la punta del pie, violentos besos en loa carrillos, un simpático olor á cigarro fino, risas y juegos y humoradas como de otro muchacho Después el papá desaparecía, y la mamá tenía á toda hora los párpados hinchados y rojos. La casa se volvía callada y tris tona, y Eloy sentía escrúpulos, recelos de jugar ó de pedir alto la merienda, porque le parecía estar dentro de una iglesia obscura ó de un sepulcro. Los conocidos que encontraba le hablaban en tono compasivo al preguntarle 8i había noticias de papá, que estaba en la guerra En la guerral Por ti acento con que madre y amigos modulaban la frase, comprendía Eloy que la guerra era una cosa muy terrible, malísima, atroz. ¿Quizás en la guerra papá se podía morir? Ah! I vaya si podía! Como que una tarde, al volver de la escuela, Eloy encontró á su madre con un síncope, á la criada hipando, á las vecinas del segundo que se lo llevaron y le atracaron de golosinas para que no se impresionase, pobre pequeño Y al otro día mamá le reclaiÉió, le abrazó silenciosa, sin verter una lágrima, y le vistió de negro; traje entero, de pies á cabeza El muchacho no sabia definir; no acertaría á explicar en qué consistía la muerte, pero estaba seguro de que era algo espantoso, y que ese algo les impediría ya para siempre estar contentos. Lloró á escondidas por no afligir más á su madre, y rezó las oraciones qué sabía, muchas veces, por. el alma de papal. Desde entonces empezó á empollar firme las lecciones, á no hacer nada malo, á doblar la chaquetita antes de acostarse, á volver al reloj de la escuela, con los libros atados bajo el brazo. El alma de papá de seguro aprobaba tal proceder.