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II- ¿La botica de Fernández? pregvintó, dando por hecho sn establecimiento, al primer tran, sennte que se encontró al paso, nna vez apeada del ómnibus de la estación. Ko había sospechado mal. AUi cerca estaba: en la calle de la Flecha. Abismóse, pnes, en el laberinto de callejones de la vieja ciadad, obscuros en pleno día y completamente negros bajo la cerrazón de aquella nublada noche de últimos de invierno, que apenas ai consegaian iluminar los pálidos faroles de palomilla del alumbrado público, y á poco ponía la mano en la puerta de cristales de la suspirada farmacia. Pero al ir á empujarla detúvose y se quedó suspensa y trémnla, con los ojos fascinados por el interior que descubrían á través de la vidriera. Una lámpara colgante alumbraba la botica desierta, con au mostrador pequeño, su rueda de papeles de envolver sujetos por una pesa, B balanza, su anaquelería ates U tada de tarros y botellas, su ornamentación chillona y retorcida, blanco y oro, y sus grandes frascos con todas las sabandijas de la comarca conservadas en alcohol. La trasbotica también tenía luz, que dejaba ver una mesa con redomas, alambiques y morteros para preparar las medicinas del día, y en el fondo de esta pieza abríase una puerta con las dos hojas de par en par, sin duda para cuidar de la gente que entrase. Por aquella puerta penetraron las miradas de la dama. El boticario cenaba con su familia. Estaba de espaldas á la puerta de la calle, pero la dama reconoció en seguida el pelo lacio de eu antiguo adorador, su silueta achaparrada. Sentábase á su derecha una mujer joven, y entre ambos, en una siUa alta de brazos, extendía los suyos inquie tos, queriendo cogerlo todo, un niño de blonda cabellera y bastante diablillo al parecer. La criada servía la mesa. La péndola de un antiguo reloj de pesas colgantes se columpiaba en el fondo del comedor, bañando de claridad las ñgnraa el res L i -0; plandor de nna lámpara de pantalla de porcelana pendiente del techo. De la escena trascendía un infinito reposo, una calma patriarcal. Adivinábase allí el amoi tranquilo, sin fiebres ni tormentas, la conflanza mutua, a dicha serena que fluye del trabajo y de la honradez, los dos manantiales eternos del hogar. La dama sintió una emoción profunda contemplando aquel cuadro de familia, experimentó ese respeto que produce la vista de todo lo santo. Y sin darse ella cuenta pensó en sí misma, pensó que de haber abierto su pecho á aquel boticario vulgar, pero de corazón de oro, ahora serla ella la que estuviera sentada á su derecha, con su hijo al lado, sumergida en la intima felicidad que acababa de sorprender, en una medianía desahogada, ein saber acaso lo que eran lágrimas y amarguras. En vez de eso había escuchado al aristócrata depravado y sin un céntimo, que cambió su título nobiliario por sus millones, que la había jugado su carta dotal arrastrándola á una miseria encubierta por un fausto que no dejaba ver las deudas, que la había dejado al fin, al suicidarse, en el primer peldaño de una pendiente escalera que concluía en el deshonor. La pobre mujer no era mala; era solamente ligera, frágil, devorada por la pasión del lujo; pero en el fondo de su ser dor mía algo bueno, un resto de su maternal educación de provinciana, que se despertó de pronto á la vista de aquella bendita paz de la botica. Impúsosela su am Mente de lealtad, de inocencia, de candor; sintió que una fuerza superior la agarrotaba la mano, impidiéndola abrir; consideró el efecto que iba á producir su aparición, las consecuencias de su propósito, y á pesar de la necesidad apremiantísima del dinero, soltó la bola de marfil del picaporte, exclamando con un desaliento supremo á la vez que se alejaba: -iNopuedoliMe falta el valor para destruir epa felicidad 1 ALFONSO PÉREZ NIEVA D 1 BBJ 03 DR BLANCX) COMSI O íi ir- a: