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Xos al ver al recién llegado, dejaron de cantar y leir y le miraron con lastimar el tío Lucas se acercó á él y, compadecido también, le preguntó qué deseaba. -Nada, respondió el soldado; en la ciudad se han portado muy bien conmigo; me han dado caldo y leche, lo único que puedo tomar. ¿Y adonde vas? -A Villatriste, mi pueblo. Dio 8 me dé fuerzas para Uepnr -Anímate, muchacho, anímate; ya poco te falta, y si quie! yo te prestaré una caballería. -Gracias, muchas gracias; no puedo sostenerme ácaba i Estoy tan débil, que todo me marea. Prefiero ir á pie. Poc i poco y descansando á ratos, confío en poder llegar esta noel. -Sin duda alguna. ¿Quieres un poco de vino añejo para! talecerte? -T a m b i é n me marea la bebida. -Pues descansa, descansa tranquilo y no te desanimes. ¡Qué demonio! Eres joven, y cuando se tiene pocos años, no hay que pensar en naorirse. Sonrió el soldado con amargura, y áfia ó: -Lo que sí quisiera es una cajetilla de tabaco. Pa- peí tengo; pero la picadura se me acabó y no me acordé de comprarla. El fumar es lo único que me distrae... -Espera, exclamó Lucas entrando en la cantina. Y volvió luego con el tabaco y no quiso cobrar su importe, aunque se obstinaba en pagar el repatriado. -Tu suerte te vale, dijo Lucas, porque esa es la última cajetilla que quedabaAl oir eisto se levantó de una mesa próxima un obrero alto, fornido, con barba crespa y roja, y acercándose á Lucas le preguntó en voz alta y con marca, da pronunciación extranjera: ¿No haber más tabaco? -No; no queda más. -Pues éste ser mió. Y esto diciendo, arrebató la cajetilla de manos del soldado, que se quedó mirándole atónito. -I Mío, mío! volvió á decir el obrero. -Pero si yo quería comprarla y este señor me la ha regalado, dijo el mozo haciendo un esfuerzo para levantarse y mirando al brutal extranjero con ojos que despedían relámpagos. ¡Mío, mío! repitió el obrero. S Y al ver que el repatriado se le iba encima dispuesto á castigar el despojo, le dio tal empellón, que cayó en tierra el pobre soldado. Entonces el obrero le volvió la espalda; sentóse otra vez á la mesa entre sus compañeros, llenó la pipa con parte de aquel tabaco, y bebió un trago de cerveza. Lucas, que entretanto ayudaba al soldado á levantarse, decía al oído de éste en voz muy baja y tembloroso de ira: -Paciencia, hijo mió, paciencia. Levantóse el soldado, se embozó en la manta, apoyóse en el grueso bastón, y llorando, llorando en silencio, como lloran los valientes, se alejó paso á paso de aquel lugar, carretera adelante, con el rubor en el rostro, antes amarillo, y la vergüenza en el alma. Cuando ya iba lejos, apareció en el corredor alto de la cantina una vieja, acaso la madre de Lucas, que sin duda había presenciado el suceso, y apoyándose en lá barandilla, mirando á los obreros que seguían bebiendo, gritó con voz cascada, pero enérgica: ¿Y habéis consentido eso? j Infames I I Cobardes I I Cochinos I DxBr. osi. ESTEVAj, MIGUEL RAMOS GARRIÓN