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wvMkm TABACO FILIPINO C. jt. La cantina del tío Lucas, antes visitada sólo por pasajeros f que se detenían un instante para echar un trago y proseguir luego su camino, había prosperado rápidamente desde la fundación de tina fábrica que en las orillas del río cercano levantaba su gigantesca mole de piedra, hierro y ladrillo, coronada por altísima chimenea. Loa operarios, extranjeros todos, que habitaban en un edificio anejo á la fábrica, acudían á la cantina en las horas de descanso y los días festivos, y entregábanse allí, bajo las ramas de los copudos robles, al honesto deleite de apurar unas copas de vino ó unos jarros de cerveza. De esta bebida hacíase principalmente por los trabajadores importante consumo, y por eso y para halagarles cuidaba mucho el cantinero de tenerla fresca y abundante, haciéndola traer á menudo de la ciudad vecina. El antiguo tenducho llegó á ser un establecimiento en que se vendía cuanto pudieran apetecer sus parroquianos. Una tarde de otoño, cuando ya el sol hundía su disco en el horizonte anubarrado, muchedumbre de obreros qué hablaban idiomas diferentes se solazaba á la puerta de la cantina bebiendo y fumando, cantando y riendo. Con el desenfadado couplet de los franceses mezclábanse la melancólica balada escocesa, la melodía severa del canto popular de Alemania, la tarantela de Ñapóles y basta el himno nacional de Rusia, entonado por dos trabajadores que, separados de los otros, dedicaban sin duda aquel recuerdo á la patria lejana, donde tenían sus mujeres y sus hijos. Aquella mezcolanza de cantos, cuyas notas reve aban en tal momento nostalgia tristísima, formaba, sin em bargo, animado conjunto, manifestación ruidosa de ese gbce franco y alegre que sólo disfrutan los que han trabajado. Servíales el mismo Lucas, que de mesa en mesa iba destapando botellas y llenando vasos, gozoso sin duda al calcular la considerable ganancia de aquel día. Cuando la animación era más grande, apareció allá lejos, en lo alto de la carretera, destacándose sombría sobre el fondo del horizonte, la figura de un hombre, enfermo sin duda, que caminaba muy despacio, apoyado en un grueso bastón. A pesar de lo apacible de la tarde tenía embozado en recia manta, y cubría su cabeza con un gorro azul con franja roja. Cuando el viajero llegó á la cantina, más bien que sentarse dejóse caer sobre una silla y se apoyó en la mesa inmediata, como quien teme desmayarse. Era un repatriado. Dicho esto, no necesito retratarle; todos tienen igual aspecto. Juventud demacrada sin fuerza, y sin sangre, con las huellas del hambre en la cara y el brillo de la fiebre en los ojos. Ún cadáver que anda, galvanizado por el deseo de pisar su tierra y encontrar en ella sepultura.