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la Naturaleza no procede por saltos; de los blancos copos á las mariposas blancas, va pasando por las florea de los almendros y por las flores de los manzanos. Cuando el poder del sol y la humedad de la tierra transforman en frutos las flores del manzano, éste, que en la florescencia se erguía como una doncella, inclínase al fructificar como una madre. Las manzanas apiñadas hacen peso en sus ramas, que se doblan mostrando orgullosamente aquel tesoro de cabécitas verdes que pronto se pondrán sonrosadas. Un manzano con todas sus manzanas en sazón, coloradas y sanotas, parece un colegio al aire libre que se ríe. Pues de ese colegio sale la sidra; f harto se conoce en sus efectos! La sidra ó sagardúa (vino de manzana) como se llama en el país vascongado, es un líquido que no emborracha más que dentro de la sidrería y al pie de las inmensas cubas que lo encierran. Apenas el bebedor sale á la calle, su borrachera levanta el dedo como los niños en la escuela, y se va disipando, disipando lo rhismo que una nube qué se deshace en lluvia. Hermosa borrachera digna de los regocijados cuadros de Teniers, sin que la falte para ello un solo detalle! Bl sagardúa ó bebedor de sidra no puede ni aun molestar con sus piropos á la muchacha rubia de la sidrería que en panzudas jarras le sirve el espumante y rubio líquido; apurado el jarro, la esquina de la calle le da voces, y ¡ay de él si intentara desoirías I ¡Y cuántas veces esa muchacha rubia que escancia ahora en el obscuro fondo de la sidrería el codiciado néctar, esclava ó sacerdotisa de una inmensa cuba asentada sobre rústicos zócalos de madera, cuba que parece un ídolo ventrudo, cuántas veces esa hermosa muchacha de cara dulce y gentil cuerpo se habrá sentado acompañada de su mutil, joven y gallardo como ella, al pie de algún manzano cargado de roja fruta, y á las primeras palabras balbucientes de ambos, las manzanas habrán tenido envidia del encendido y ruboroso color de sus caras. Nuevos Adán y Eva en plena soledad campestre ó, lo que es lo mismo, en pleno Paraíso, renovarían con sus frases y sus miradas el idilio que precedió á la aparición de la serpiente, aquel primer idilio del mundo que se está repitiendo todos los días debajo de un techo ó al pie de un manzano. I Ahí si sobre esos dos enamorados cayera de pronto una manzana envidiosa, no les haría pensar como á Newton en la gravitación universal; se la comerían sencillamente á medias ó á muerde tú y muerdo yo. I Lo mismo que hicieron nuestros primeros padres con la manzana del Paraíso! ¡Por algo el modernismo en arte y en amor tiene tantos encantos, logra tantos adeptos y es tan antiguo como el mundo I JOSÉ DE ROURE