Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
OMO las aves en su bajo vuelo rozan con sus alas la tierra, lo mismo extienden las vides sus verdea pámpanos y sus racimos de oro, defendidos por la ancha hoja que dobla sus tallos besando el terruño. Mes augusto, mes de Septiembre, en que, el vino salta brioso, brotando del botón de la uva al exprimirla, como del pezón fecundo de la madre salta el líquido que da la vida al ser de sus entrarías. Cuida su viña el labrador con afanes eternos, labra la tierra y poda las vides con solicitudes de padre, no vive descansando en el nuevo día, mirando siempre al azul del cielo, interrogando sus secretos; cuando amenaza lluvia, cuando se desgajan las nubes en violento pedrisco I í que arrasa y destruye la paciente tarea de meses enteros, cuando un sol esplendoroso y fecundante bafia con sus tibios rayos las verdes hojas coloreanP- do los pálidos racimos, en todos los momentos palpita la vida de los frutos. Durante el año, con alternativas incesantes, ve el labrador tan pronto recompensados sus esfuerzos, como estériles perderse tras el rastro de deshecha borrasca. Pero llega Septiembre, de los largos y desmayados brazos exhaustos de jugo de las vides penden robustos racimos: que la tierra con su benéfico calor, al incubar el sazonado fruto, dio lo suyo. Comienza entonces la vendimia. Los carros cargados de cubetas hunden sus ruedas en la tierra blanda de las viñas. Mozas y mozos alivian á las vides de su carga, cortando los racimos, que van cayendo en el fondo de los capachos. El lagar espera; a. 1 estrujar entre los piñones de sus prensas los redondos granos de la uva, corre su sangre, el fermentado jugo, que va enriqueciendo las panzudas tinajas, que con la boca abierta tragan con avaricia cuanto cae, hasta cubrir su cuello. No concibo cómo hay doctores que proclaman por todas partes la eficacia del agua. Si tan enemiga fuera del vino, no podría ningún tabernero, por experimentado que fuera, hacer ningún maridaje; y sin embargo, el vino es tan generoso, que permite su colaboración, sin duda para demostrar que nada tiene que temer de ella. Con el vino se consigue todo. ¡Inmensa panacea que por todas partes extiende su benéfico influjo! ¿Qué sería de los brindis sin el vino? ¿Es posible sentir la menor inspiración ante una copa de agua de Lozoya? El champagne se ha impuesto en todos los banquetes. Y la verdad es que al tener deO c- lante un tan sugestivo vino, rebosando la espuma hirviente los bordes de la copa, todo el mundo se siente con el vértigo de la elocuencia; ahora, que muchos se descorchan r n a l y se les va, como al vino, por otra parte la oratoria. Sin el champagne nada podrían hacer las tiples cuando elevan- la, eopq, -del placer en las zarzuelas. Sin el champagne no hubiera empezado seguramente sus trabajos la comisión de París. Pero no hay que acudir al champagne; ahí tenemos á nuestro poderoso jerez, á la clásica manzanilla, inseparable Compañera de la gente de buen humor, refrescada en la caña por la mánita de tma andaluza, terciado al cuerpo el pañolón de flores y servida al rasguear de las guitarras y al cantar de las soleares. L a manzanilla lleva en su color reflejo del ardiente cielo andaluz; por eso es alegre, bullidora, y danza siempre al compás de las palmas y de las canciones. Todo la que la tierra da, está bendito: hasta el modesto peleón, que es para el pobre la mejor medicina; el medio chico es insustituible para el obrero, recompensa de la jornada larga, abrigo de su estómago y color de sus mejillas. ¿Para qué más virtud? E n el vino busca el poeta su inspiración, la alegría el triste, el consuelo muchos; hay quien ahoga sus penas en el vino y parece como que encuentra alivio. Aiinqup nn fu ra más nne por esto, ya me tendría que ser simpático. (Beudito Suptiembre, que bajo tu tult i t; ace y vive lo mejor de la tierral LUIS GABALDÓN