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yJ JP me. Bajo) a J 1 u V i a d e fuego de las doa de la tarde no se oye más que el siseo de las chicharras gi; zando del calor y entonando el himno á la Canícula. La era duerme. Su disco de oro, donde se adivina un pasado crujimiento de espigas, no deja escapar el menor oliasquido. I, a parva dueime también en su montón Junto á la alambrera cribadora dormida. De un lado el grano limpio, del otro el que está por limpiar, ambos silenciosos, descansando. Y cerca del tesoro del pueblo el lugar es una gran alcoba, escuchándose donde quiera que se eleva un árbol, ei eterno mártir condenado á dar sombra sin disfrutarla nunca, un ruido bronco que no es sino el ronquido de un pecho humano fatigado que respira. Desploiuados, caídos, como estatuas yacentes, en las actitudes del supremo cansancio, con la dejadez en las posturas del que no puede ya con el trabajo comenzado al despuntar el día, sintiendo luego sobre la cabeza, al deslizarse las horas, el latí gazo del sol, a b i e r t a l a boca, en la comí gura de la cual blanquea el cigarro porrn do, dueiToen los gañanes. No muy lejo las muías acostadas, concluido de engnllii el pienso, dueimen con su cabezota inmó vil, y el perro hecho una rosca, abriendo an ojo de cuando en cuando, duerme al amparo de una retama. Es un sueño uni versal de hombres y bestias, sueño pro fundó eií el que entran las cosas, especieSe muerte por asfixia. Diríase que desde iíás. hojas abrasadas y secas, cubiertas de pólvói hasta los campesinos que sudan á raudales, u n ahogamiento irresistible ha venido á quitarles la vida, perdonando sólo á la tierra, que exhala un vaho ardiente que enardece á las delirantes cantoras del verano. Pero no sólo direrme la era. El sueño bate también sus alas sobre la huerta, y también las dos de la tarde dejan caer el plomo fundido de sus rayos solares encima de las legumbres. La noria no chirria, no gira su rueda, n o v u e l c a n el agua sus cangilones, duerme; la alberca no presenta su superficie agitada por las verduras que se lavan; las banastas llenas esperan en el borde; duerrne igualmente el estanque. Los cascudos tomates, los gruesos pepinos, los pimientos de forma de mano con los dedos juntos, las cebollas que parecen bolas de nieve, todos duermen con ese reposo sibarítico que tiene algo del regodeo del gato thaciendo la, carretilla al halago del alfilereo del sol estival. Y lo mismo acontece á las frutas, pendientes de sus ramas, inmóviles, madurándose, soñolien tas. ¿Y el hortelano? Ese sí que duerme á pierna suelta, con las alpargatas orilladas del barro de los surcos, en mangas de camisa, al aire el pecho, hundido, materialmente sepultado entre los altos maíces, en su sombra hume da, recorrido de arriba abajo por las lagartijas, que se pasean á lo mejor por su cuerpo sin despertarle, mientras el gato de la casita, amparado en una col que le escuda, duerme con la cabeza pegada al rabo y abriendo los ojos á cada rumor de vuelo de insecto que pasa junto á s u s orejas picudas. I Hasta los gorriones, los golfos del campo, adoradores de las berzas, no se disparan sobre sus hojas para agujerearlas con sus picos! La enervante laxitud de la hora les cierra los párpados, les ata las alas y duermen su siesta entre los árboles. ¡Igual qijietud, idéntica calma que en los trigos cortados! El huerto resulta de la misma manera hundido en la muerte, en una extenuación en que sólo viven los olores pic ¿mtes de las hortalizas. Partiendo de la alta torre ruedan por e) campo silencioso las campanadas de las tres, y apenas se ha extinguido en el aire el último eco del bronce, la quietud de la siesta conviértese en el bullicio del trabajo. E n la era las espigan crujen al partirlas el trillo; suenan las patadas del par á paja prensada; relinchan las muías; las alientan á voces, trallazos y juramentos los gañanes que canturrean; la parva que se criba pi- oduce al volar ruido de aguacero; en el huerto el almocafre y el podón escarban la tierra; arrancan las legumbres; la azada del hortelano recorre sin cesar el cauce de los riegos, abriendo este portillo, cerrando el otro, empujando el agua hacia la tierra seca; la noria comienza á girar con monótono chirrido al paso de la paciente bestia con su venda en los ojos; en la alberca se oyen chapúceos de verduras, y una copla que se repite sin cesar sale de los recuadros, un cantar, eterno compañero del que trabaja, endtilzador de sus horas laboriosas, defensa contra la pesadez del verano. La fatiga del cuerpo se escapa sudando por los poros. El alma del labriego tiene un cantar para resistir el fuego de la Canícula. Agosto duerme, Agosto canta, pero Agosto aporta con su trillo y su podón cuanto él necesita para subsistir. Cualquiera que considere el campo en la hora de las siestas de Agosto, creerá que ha muerto la era, que ha muerto la huerta. ¡Oh, no! la resurrección diaria no falta jamás. ¡Pero bien hayan esos sueños caniculares, porque de sus reposos de muerte, bajo el plomo del bochorno, surpen más vigorosos que nunca los brazos campesinos, de duro bíceps que perpetúan la unión entre el hombre y la tierral ALFONSO P É R E Z NIEVA ví