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S muy difícil encontrar buena luzi para tenfocar la maquinita. Y no porque la luz falte, sino porque es excesiva, deslumbradora, viTÍsima, y el cliché se abrasará seguramente. Pero BLANCO Y NKGRO me pide una Instantánea de Julio, y no hay más remedio que enviársela, suplicándole que, por la razón antes dicha, perdone las muchas faltas que la placa (como los saínetes) pueda tener. l a fila interminable de toldos multicolores y de cortinas de. manubrio dan á las aceras madrileñas plácida, aunque no completa sombra, y á las tiendas una media luz que convida á echar la siesta El sol se enseñorea de la soledad de las calles, haciendo relucir las partículas de hierro que las herraduras depositan de continuo en los guijarros, condensando la atmósfera hasta hacerla irrespirable, y obligando á los transeúntes á apresurar e í paso, con el sombrero en la mano, sin que reparen siquiera en que alguna vez altera la monótona Únea de puertas entornadas la silueta blanca y vaporosa de una linda muchacha valenciana que se asoma á la puerta de la clásica horchatería para renovar el agua en que se remojan las chufas, agua que se evapora en el acto al caer Sobre el abrasado pavimento, que el sol convierte en fuego. I El so! de Madrid I Es el astro que enamora á los extranjeros que vienen de las tinieblas el compañero de juerga de los que comen piñones en las Vistillas y callos con pimentón en las Ventas; el modistos de las niñas bonitas que pueden enseñar la cara entre arreboles de encaje; la providencia del sablista que aguarda en la esquina; la alegría, el buen humor de un aduar culto de 600.000 habitantes que comen garbanzos para honrar al sol, que los cría y los seca únicamente para nosotros. Todo esto en cuanto al sol de invierno que dora y no quema; que abriga el cuerpo sin abrasar la sangre. Pero este otro sol dé Julio, derivado del fuego eterno, que lanza rayos y tormentas, y hace arder los montes, y chamusca á los pájaros, y convierte en estela ardiente, en IJama ígnea la callé de Alcalá, la Castellana, Madrid entero, no me gusta, porque con él se hace insoportable la vida en la ciudad, y aumentan las penalidades de los que en el campo se dedican á las faenas agrícolas, entre las que, todas las de la era, tan bonitas, tan agradables de contemplar á distancia ó 1 or gusto, sólo Dios sabe los sinsabores que causan. El trigo constituye el objetivo único, puede decirse, para los trabajadores del campo en Julio. El trigo rubio que es el dinero rubio también para el amo y e rro- -moriedillas de cobre- -para los que recogen la cosecha echando el alma en la faena. El trigo, rubio como el sol, cuyo producto se ennegrece quizá por haber visto tanto los rostros tostados, casi carbonizados, de los trabajadores. Además, el sol de Julio es causa de la dispersión general de pobres y ricos, de enfermos y sanos, de todos los que no usan piel de salamandra ó traje de amianto para cruzar la hoguera madrileña en las horas en que el opulento fogonero atiza el rescoldo. Este sol que se mide por grados y pasa con frecuencia inaguantable de los 40; este sol que calienta hasta hacer liorvir el agua en las boardillas, es un reflejo de los hornos de Nabucodonosor; un chorro gigantesco del fuego central; una mala broma de los cíclopes mitológicos, que andando por esas tierras de Dios se paran en Madrid los veranos para echar una copa y comer melones en amor y compañía de las hijas del Eastro, que duermen y platican en las aceras, y brotan chispas de todos sus aqueles. Hay que huir de Madrid durante esos treinta y un días que Julio consagra, como los individuos de las hordas salvajes, al culto del sol y durante cuyo transcurso sólo tienen que ver los vestidos de verano de las mujeres bonitas. Porque ya se sabe que una mujer linda, con un lindo traje, es la fiesta de los ojos. Hay que enfocar de noche (valiéndose de la luz de magnesio) á Julio, campestre y agrícola, á la hora en que los trabajos cesaron y la brisa de la llanura ó del moate canta en sordina, dentro del follaje, el himno del sueño. En todo el espacio del cóncavo azulado percíbese entonces, mejor diré, se escucha la múltiple fermentación generadora de la Naturaleza; ese trabajo armónico de la tierra en el verano; de la tierra en el amor ENRIQUE S E P Ú L V E D A