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y I AD adentro, en rlonde la inmensidad del cielo se empequeñece leuortada por hileras de tejados, torres y redes telefónicas, en donde el suelo es piso, no tierra, el cambio de estación, el paso de un mes á otro, antes que por signos naturales, se conoce por mil señales urbanas, artificiales, producto de la vida social civilizada. Vestidos, carteles de teatro, los toros, los Jardines del Retiro, el paseo por una ó por otra acera de la calle de Alcalá, todo esto, con ser efecto de los cambios naturales, por vicio de óptica se adelanta y sobrepone en Madrid á la observación de la Naturaleza. El mes de Junio p a r a los madrileños es el Piado que se ilumina, los puestos de agua, las verbenas, los simones abiertos que mecen amores por horas entre las sombras de la Castellana ó de la Bombilla, la blancura almidonada y brillante de las horchaterías, sombrerillos de paja, proyectos de viajes veraniegos, pesadilla de estudiantes; tanto, que si el calor se retrasara, los madrileños protestarían de la falta tiritando con trajecillos de verano, paseando en coche abierto yílM y consumiendo horchata. En el campo, la Naturaleza impera soberana. Ordena la vida toda, y sin su regio exequátur, el campesino mal puede adelantarse á ella. El labrador vive á merced del cielo y de la tierra; para él son todavía, como para el hombre primitivo, elementos sobrenaturales, inspiradores de un culto idólatra, mezcla de terror y de cariño. El verano, anticipado en Andalucía, adelanta las faenas de la siega; allí, las espigas gigantes envuelven, ocultan, rinden al pobre segador, que sólo al derribarlas respira libre del oprimente cerco. Como espigas los andaluces, siegan los valencianos tallos de claveles de mil colores; en Murcia se deshoja los morerales pai a t: dar alimento a! gusano de seda, el mimo de las huertas del Segura; es el Agosto del Mediodía todo. Florecen los árboles frutales para solicitar, enamorando la vista, cuidados cariñosos. Comienza el esquileo de las ovejas: caen al corte seguro y rápido zaleas y colchones, y como de bloque informe y pesado, van saliendo limpias y recortadas las ovejas, saltadoras y alegres al sentirse aliviadas do su peso. Todas nuestras necesidades, todos nuestros placeres, nuestro lujo todo, ingratos habitantes de la corte, viene de allá, de donde sólo al través de paisajes pintados llega rara vez nuestra atención y nuestro pensamiento. Y aún el Arte, al describir ó al pintar la vida del campo, es halagador para nosotros, cruel para los V pobres campesinos. Sólo nos muestra idílicos parajes, tranquilidad apetecible, bucólicos sonidos de zamponas; y nuestro snobismo socialista, que tan fácil acudo á las miserias y trabajos del taller y de la fábrica, pintados siempre con sombríos colores, no se hace cargo tan prontamente de las miserias y trabajos del campo. Y sólo en él la comunión del trabajo es directa entre el hombre y la tierra, regada con el sudor de Su frente; sólo en él se cumple con fidelidad la expiación del hombre, que sólo el trabajo mismo alivia. Un poeta norteamericano (los norteamericanos también tienen poetas) refiere una hermosa leyenda: Cuando el Ángel exterminador, con espada flamígera cerró para siempre á nuestros primeros padres las puertas del Paraíso, perdido para siempre, la mujer y el hombre quedaron allí fijos ante las puertas con el firme propósito de morir sin dejar de contemplar su Edén. Entonces descendió á su lado el Ángel de los Consuelos, y con dulcísima voz les dijo: No miréis allí; detrás de vosotros, en esa tierra V (11 desolada, árida, hay un nuevo Pai aíso que conquistar Seguid adelante... Y el h o m b r e y la mujer, impulsados por la voz celestial, echaron á andar, apartando abrojos á su paso, marcando con su sangre á la humanidad futura el camino del nuevo paraíso prometido. ¿Llegarán á encontrarlo? ¿Por qué no? Todo hombre lleva en sí el Adán d é su caída y el Cristo de su redención. ÁhI ¡Si como el primer hombre, según la leyenda del poeta, los españoles oyéramos la voz del ángel, y en vez de llorar ante paraísos perdidos por nuestras culpas, marcháramos í, conquistar un nuevo paraíso con nuestro trabajo I JACINTO BENÁVENTE