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chachas de trece afioa, madura el fruto del olivo al comenzar el mes de Noviembre. Ya por ese tiempo contrasta con lo verde y lo blanco de las hojas lo morado del espeso fruto, que sólo se conserva pintón en los árboles muy cargados de él, ó en contados vidueños, como el verdial. Allá van camino de la hacienda, en donde habrá trabajo para dos ó tres meses, las familias cogederas; lo que llaman diez ó quince casas, por las cuales ya ha hecho el ajuste, á destajo, el tareero ó manigero. Soltados loa hatos en la casilla y pasado el sueño de la primera noche, á la mañana siguiente, ¿qnó digo á la mañana? cuando Dios comienza á echar sus luces, ya todos los cogedores han almorzado sus migas y van hacia el tajo, donde les aguardan los bancos, las canastas, los reares y las pimpolleras ó apuraderas: todos los trebejos del coger; y los del medir, pues tampoco falta el marco ó media fanega, que, porque no sirve al amo para cobrar, sino para pagar, suele tener, no seis, sino nueve y hasta once almudes. Sale el sol y vense las aceitunas y las caras; y tales suele haberlas, que al mismo sol le dicen: Hazte para allá. Á tomillo y romero huelen aquellas muchachas, frescas como unas rosas, criadas al aire libre en la aldea, no entre cristales, como plantas exóticas. ¡Lástima que desfiguren sus esbeltos talles, dejándose subrogar por unos calzones de hombre, las enaguas recogidas á la altura de las caderas! Con todo eso, los ovalados rostros, rebosando gracia y salud, son más que buenos fiadores de cuantas bellezas oculta el acostumbrado disfraz. Todo es vida y animación en el tajo: el uno, desde el suelo, golpea las ramas más altas y exteriores del olivo, que dejan caer su fruto en morada lluvia; otros, sobre el. banco, arrancan la aceituna de las ramas interiores, ó echan abajo las de otraií, haciendo uso de las pimpolleras; las mujeres no dan paz á las manos, ya ordeñando las sobaqueras, ya recogiendo del suelo con rapidez pasmosa el fruto desparramado, faena en que, á ratos, ayudan los rapacejos de seis á ocho años, mientras que los niños de pecho duermen ó lloran, revolcándose, á pocos pasos, sobre sendos trozos de manta deshilachada. Y I cómo, aun allí, hace de las suyas el Amor, disparando invisiblemente sus agudas flechas contra los corazones de la gente moza! Y ¡cómo los celos, á lo mejor, visten de azul el rosado horizonte de las ilusiones, y amor y celos, no cabiendo en las almas, rebosan por los labios en forma de coplas, que llenan el aire de melodías! En el tajo, al mediar el día, se toma un bocadillo. ¿De qué? De lo que cae: una granada y un pedazo de pan prieto, con unas buenas ganas de comer, que no hay salsa como ellas, fueron siempre plato para un sibarita. Prosigue la faena, las más veces entre vientos desapacibles y molestas lluvias las menos, al amor del sol, que tanto se deja sentir en el estío, cuando hace mal, y tan poco se deja ver en el invierno, cuando hace bien. 3 Rico egoísta al cabo! Al fin, vanse amortiguando sus tibios resplandores entre los celajes del Poniente, arrecia el frío, y ya no es la musa del amor la que inspira los cantos de los cogedores, sino la del hambre. Acabada la recolección, y al descontar lo gastado de lo ganado, suele quedar á los aceituneros para darse una mala vuelta de ropa y para comprar un par de fanegas de trigo con que hacer frente á los rigores del resto del invierno. Pero son ricos de corazón, y es lo que ellos dicen: Canta la rana, y no tiene pelo ni lana.