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EL OLIVO Íf 4 í I pobres? No es pobre el hidalgo qne conserva la casa de su solar y unas hai V i negadas de esta bendita tierra española. ¿Se nos llevaron los últimos restos de América y se nos llevan el Archipiélago Filipino, todo eso que ganaron nuestro genio y nuestro valor, y que nos han hecho perder la indolencia propia y la maldad ajena? Refrán tenemos q u e nos consuele de esas desventuras: ¡Ancha es Castülal Ancha es, no porque sofiemos con empresas militares, imposibles cuando la victoria, como inipúdica meretriz, sólo otorga sus favores á los ricos, sino porque con cultivar, como quien dice, los corrales de nuestras casas, nada tendremos que envidiar á los más afortunados. Seamos labradores y volveremos á ser poderosos. Cuidemos de nuestro caudal, y seremos felices. Nos lo prometen nuestro cielo y nuestro suelo, que n o tienen rivales en el mundo. Aquí el hierro, el cobre, el azogue y el plomo, en inagotables minas, á las cuales acuden como á panales de rubia miel las golosas moscas británicas; aquí los extensos campos poblados de lozanas vides, madres de los mejores y más codiciados vinos; aquí las amplias dehesas, y las maderas ricas, y la exuberancia de frutos variadísimos, y las fértiles tierras morenas qne, á medio cultivar, producen cereales y semillas para medio mundo; aquí la caSa de azúcar y el perseguido tabaco, criándose t a n opulentamente como en el suelo de América Pero ¿á qué proseguir enumerando? Con sólo uno de los vegetales de Espafia, con el árbol andaluz por excelencia, podemos llamarnos dichosos; que él se basta para hacer feliz á una región. Aludo al árbol de Minerva, al que simboliza la paz: al olivo. Vedle poblando una gran p a r t e de los terrenos de la antigua Bética; él da sobrenombre de olivífero al Guadalquivir, cRey d é l o s otros ríos caudaloso miradle cuál se eleva retorciendo su nervudo tronco y sus espesas r a m a s como quien perezosamente recibe las suaves caricias del espléndido sol meridional. Verde y brillante como la esperanza es el haz de sus hojas; casi plateado el envés como el de las hojas del cinamomo; su florecilla, blanca y suavemente olorosa; morado su fruto cuando llega á la completa sazón. E s e mismo fruto sería regalo propio p a r a los dioses, n o ya p a r a los mortales; y del dorado líquido que de él se obtiene, ¿qué decir que no sea mezquino elogio? La Sulamita del Cantar de los Cantares, para encomiar al Esposo, requebrábale asi: Olexvm effuswm nomen tuum. í ¡qué pintoresca, qué divertida, qué oZí: lórica es la recolección de la aceituna en Andalucía! Yo, en cuatro plumadas, quiero probar á describirla, y ¡ojalá estos humildes renglones, y, más que ellos, los excelentes dibujos que h a n de acompañarlos, logren llamar la atención de nuestros gobernantes hacia la industria olivarera, tan hostilizada por los ministros de Hacienda como desatendida por los de F o m e n t o I Dicen en las tierras frías que el que coge la aceituna antes de Enero, se deja el aceite en el madero, y en otras más templadas, qae por Santa Catalina, todo su aceite tiene la oliva. Quede eso para loa terrenos tardíos; el clima andaluz, que l.i ce lozanas mujeres de las mn-