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veces no faltaba para el Peludo en aquel templo báquico el abrigo de una. cuadra ó de un estercolero, ó siquiera de un cobertizo cerquita del pajar; pero ésta era noche de bulla y parranda, de regodeo; y jarros colmados de vino y agúardienté y cuándo el PeMo al trotéeillo desmayado de sus provectas patas, se acercó á la tabérnáVno quedaba sitio ni techo para él. De dos puntillones, el amo le arrimó a la pared, le amarró a l a aniUa, y allí se quedó él jumentOjBin más techó que un emparrado desnudo de fpUaje, cuyas ramas goteaban hilos de agiia llovediza, formando una charcahajo los cascos. yeía el al través de los vidrios de la ventana, la sala de la taberna iluminada, alegré, llena de hombres que jugaban á los naipes, disputaban, despach. aba, h guisotes de bacalao y apuraban vasos de caña y tinta. Mientras los raeionálescelebrabán así la Navidad, el asno, transido y empapado hasta los huesos, rendido de cansancio y def- íallecido denecesidad, nó tenía ánimos ni para exhalar un suplicante y doloroso rebuzno pidiendo sustento y, calor. Unahube veló sus pupilas; sus corvas se doblaron. Iba á caer sobre el fango líquido, cuando advirtió una claridad suave, muy diferente dé las que derramaban las pestíferas candilejas de la taberna, y divisó á su lado á otro borrico; un asnillo plateado, de luciente pelo, vivaracho, cordial. Púsose el recién venido á roer con los. dientes la cuerda que al P ¿ZMÍO sujetaba, y presto le dejó libre. Echó á andar el argentado borriquillo, y detrás de él, sin meterse en más averiguaciones, el PeÍMáo, regocijado y fuerte. A medida qué adelantaban, la noche se hacía transparente, estrellada, tibia; el camino fácil, seco, llano lindo. A derecha é izquierda, prados de un tono de felpa verdegay, esmaltados de violetas y ranúnculos, convidaban al Peludo á saciar su apetito; arroyos cristalinos le brindaban con qué apagar su sed. Y el Peíwiío, entrando ánsacó, descuidad o, libre, se entregó á la hierba jugosa; desde lejos podía oirse el ruido de molino que al mascar producía sú vieja dentadura. Bebió á su talante en los manantiales; atracóse de tréboly yerba mollar, y al paso qué devoraba, xedondeábase su panza como globo que se infla, hastaque de súbito estallaron las cinchas que sujetaban la albarda, y quedóse én pelota, feliz como un- rey. ¡Ahora sí que no se sentía fatalista el Peludo! Tan, dichosa aventura le convertía en el mayor providencralista del universo. En lontananza empezaba á despuntar la mafianiea dorada y rÍ 8 uefia; Iás violetas del prado olían á gloria; todo incitaba á un revuelco deleitable, y zas 1 el PeÍMáo semejó caer y se puso á nadar en aquel golfo de verdura, im égnándóse de M l i- I i f 11 i; if I l I I I l l l i f l Til l i J- l l m i i.i Y ill. i II I -C US Ull J U L L i teripsas repetían la profÓ tica cláusula: íNos ha nacido un niño, y se llama Emanuel... El asnillo dé plata, salvador del PeÍM ¿o, leniiraba entre qompasivo y amigable, y le decía bondadosaniente: ¿No me conoces? Soy el que calentó con su aliento á Jesús en el establo... y el que llevó á Egipto á María, la Nazarena, A la puerta de la taberna, el amo del Peludo al salir de madrugada con los humos dé la embriaguez muy densos aún, yió á su níontura tendida en la charca, los ojos vidriosos, las patas rígidas. -cEompióse lá cuerda -obser vó el tabernero. -iNo le dé patadas- -agregó, -que de poco sirve; tiene la oreja fría; está difunto. -Pero el amó, con la terquedad característica de los beodos, seguía descargando puntapiés al animal, jurando, blasfejnando y maldiciendo, Al fin, convencido de lo inútil de sus esfuerzos, soltó una opaca risotada. Para lo que servía... -gruñó. fYani podía conmigo... EMH- IA P A R D O B Á Z Á N D I B U J O S DE HUERTAS