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LA NAVIDAD DEL PliLUDO CUENTO Catorce años de no interrumpida laboriosidad podía apuntar el Peludo en eu hoja de servicios; catorce años en que no hubo día de asueto ni sin ración de palos y hambre. ¡El hambre especialmente! ¡Qué martirio! Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero trote, obligado por los pinchazos del recio aguijón; aguantar picadas deiábanos y de moscas borriqueras, enconadas, feroces con el sol y el pplvo, en las llagas de la reciente matadura; sufrir talonazos y ver cortar la vara de avellanó ó de taray que, silbadora y flexible; se ha de ceñir á su piel averdugándola; probar la dentellada de la espuela y el sofrenazo violento del bocado; recibir puñadas en el suave hocico y en los ojos, en los dulces. y grandes ojos cuya mirada siempre expresa mansedumbre; doblegarse bajo la excesiva carga; arrastrarse molido y esforzarse para no caer al suelo antes de que se termine una caminata tres veces más fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del vigor asnal; -todo esto, con ser tanto, le parecía miseriuca al Peludo, en cotejo de pasar rozando una pradería verde como la esperanza, mujlida y aterciopelada como tapiz de seda, y no poder hartar la panza vacía, redondear los ijares metidos y chupados y la tripa hueca como tubería de órgano. Era tal la impresión que causaba al Peludo a, vieta de la hierba apetitosa, rociada, velluda, de los dorados pajares y de las mieses en sazón; tal la rabia que sentía al oir el murmurio de la fuente cuando secaba sus fauces el anhelo del trabajo y la polvareda pegajosa del camino real; tal la violencia de su furioso apetito y el ímpetu de su colosal gazuza, que más de una vez, él, el manso, el resignado, el trabajador, el obediente, pensó en hacer una muy gorda y sonada: en soltar uñ reliücho de. guerra y arremeter á coces y á muerdos contra su despiadado jinete, su espolique, su amo, su tirano. ¡Qué deleite arrojar al suelo el lastre de sacos de harina, que pesan cual plomo, patearlos, reventarlos; que la harina se esparciese por la carretera; meter en ella el hocico aventarla, hacerla volar en blanquísimas nubes! Y si era mucha el ansia de comer, no menor la de revolcarse. jEevolcarse! ¡Cuánto tiempo, desde su tierna infancia, su época de buchecillo retozón y candoroso, que no se revolcaba, con las cuatro patas batiendo el aire y la gris barriga al sol, el Peludo I Cruzaban estas ráfagas de emancipación por la deprimida mollera del esclavo, pero no adquirían consistencia; eran aleteos pasajeros que abatía al punto la convicción de su eterna servidumbre y de que la había dispuesto la suerte: élfatum que preside á la existencia del jumento. Sí; lo peor del caso es que al Peludo la desgracia le habla hecho fatalista; no esperaba nada de la Providencia, ni se atrevía á creer que pudiese lucir para él jamás un instante de relativa dicha. Hiciese lo que hiciese, lo mismo tenía que ser. Hambre y palos, palos y hambre... Arriba con el peso; avante por la senda, -y nada de protestas ni de quiméricos ensueños. A fe que llevaba razón el paciente Peludo en desconfiar de la suerte y en prometerse mayores desventuras; su amo, en vez de mostrarle algún apego, una pizca de consideración, á medida que el Peludo perdía fuerzas, agilidad y bríos, iba tratándole con mayor dureza y encomendándole las tareas más rudas y bajas, los transportes más reventadores y las jomadas á palo seco en todo el rigor de la frase. Por eso, la glacial y lluviosa noche del 24 de Diciembre encontró al cuitado Peludo sufriendo la intemperie con cachaza estoica, atado á una argolla de hierro, á la puerta de la conocida taberna del Pellejón, de las varias que salpican las orillas de la carretera de Marineda á Brigos. Otras