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AQUÍ Y ALLÁ Mientras el cuerpo en -clenque y raquítico de Juan Soldado quedábase en el campo de batalla acribillado á balazos y hacinado con otros mucboH cuerpos de otros tantos Juanes, el alma, a q u e l l a alma tan grande y tan hermosa que parecía imposible hubiera podido estar albergada en tan desmedrado cuerpecilio, voló á los cielos. Al llegar á la grandiopa puerta, tomó con su invisible mano derecha la deslumbrante aldaba y llamó... No le cabla al buen Juan la menor duda de que aquél era el sitio que le correspondía. Cierto y muy cierto que había emprendido su viaje sin saldar una cuentecilla que tenía pendiente con Dios, pero eso no importaba gran cosa, según su leal saber y entender, para ocupar un puesto á la diestra de Dios Padre Todopoderoso. A- loa que morían luchando por una idea santa- ¿y qué idea más santa que la de la patria? -debían perdonársele los pecados, fueran del calibre que fueran, cuanto más siendo pocos y leves, como había tenido ocasión de ver que eran los suyos en el supremo examen de conciencia hecho durante su travesía por el espacio Por eso fué grande su sorpresa al oir de los labios del bondadoso San Pedro que, á pesar de los pesares, tenía que pasarse una temporadita en el Purgatorio ¡Estaba aquello bueno! iDe manera que el morir defendiendo á Espafia daba lo mismo que morir de una pulmonía? ¡Vaya una recompensa 1 Y el Santo contestó que en el cielo no tenían nada que ver con las cosas de abajo; allí no se distinguía de naciones, lo mismo daba español que ruso; lo importante era la pureza del alma Ahora sentía Juan el haber muerto. Sí no el haber muerto por España, sino el haber muerto ¿Por qué no le herirían solamente? Al menos allá abajo, cuando hubiera vuelto á su tierra, le habrían recompensado como 1 debían -No te quejes de tu suerte, dijo el Santo adivinando lo que pasaba por la mente del soldado. Si hubieras vivido, fuera peor para ti; la amargura hubiera anegado tu r- xj pecho, y con razón Y sino, mira hacia allá ¿Qué ves? Juan miró hacia donde San Pedro le señalaba. -Veo, dijo, UQ hombre vestido con traje de rayadillo, manco y con una pierna menos En el pecho osíenta multitud de cruces Está sentado en el dintel de una puerta, y tiene la mano derecha extendida. Un transeúnte deposita en ella una moneda de 10 céntimos ¡Está pidiendo limosna! j j- j i w Juan Soldado volvióse hacia San Pedro, y mientras con gran respeto imprimía un beso de despedida en la adorable diestra, le dijo: -Tenía usted razón, padre i Vale más el Purgatorio! SisiBALDO G. GüTIÉREEZ