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EL NIÑO JESÚS Por altísima permisión de su Padre Celestial, el Niño Jesús vino á la tierra en la noche del 24 de Diciembre último. Quería celebrar su fiesta, la fiesta del Niño en Madrid, capital de la católica España, i Cuánto iba á gozar contemplando á la infancia, la alegría de la humanidad, acariciada, agasajada por todos los cristianos en conmemoración de aquellas memorables palabras: í Dejad que los niños se acerquen á mí l Sonriente y regocijado con estos pensamientos subía el Nifio Jesús por la calle de Alcalá; acababa de llover, y el reflejo de los faroles señalaba grandes charcos en el suelo, donde hundía de cuando en cuando sus piececitos descalzos; un aire frío del Guadarrama helaba sus tiernos miembros, y ya comenzaba á tiritar cuando sus ojos repararon en un bulto informe que se guarecía y acurrucaba bajo el dintel de una gran puerta. Aquel montón de carne y andrajos lo formaban cuatro cuerpecitos que se entrelazaban y apretaban hacia la puerta para prestarse calor. A í Cuatro cuerpos de niños, dé los cuales el mayor no llegaba á trece años y el menor apenas Tí í s- rV 1 í í i N í X. i ív. Jí- había cumplido siete; cuatro ángeles que la intemperie condenaba á muerte, siendo más benigna que sus padres, que los condenaban á presidio. El Nifio Jesús se aproximó al grupo, experimentando angustiosa sensación, y tocó sus carnes heladas, acarició sus caritas yertas, y trataba de despertarlos cuando la jHierta sobre que estaban recostados se abrió bruscamente y un hombre que calzaba enormes zapatones de madera empezó á dar puntapiés sobre aquel montón de carne inocente, al tiempo mismo que su boca sé desataba en horribles blasfemias. -Ya os he dicho que aquí no quiero golfos, dijo con acento gallego muy marcado; y volvió á cerrar, dando un portazo tremendo. Los niños se levantaron despavoridos, llorando los dos más pequeños porque aquel hombre les habla hecho mucho daño, maldiciendo el mayor, y juntando sus cuerpos, que al separarse habían experimentado una espantosa sensación de frío. El tiempo que la puerta estuvo abierta miraron con deleite al interior: aquello era una cuadra; había salido una columna de aire caliente, que hubieran aspirado con delirio durante toda la noche, y en el fondo ee veían cuatro caballos cubiertos de sendas mantas de reluciente pelo, y que al abrigo de toda molestia de la temperatura comían reposadamente su pienso. Jesús, con acento de suprema dulzura, consoló á los niños. -No os aflijáis, compañeros, les dijo; se conoce que no os han enseñado la doctrina. Ya no se puede morir de hambre y frío un niño en la calle. Hace diecinueve siglos que murió el Justo en la cruz para evitar eso. Hay una virtud cristiana que se llama la Caridad, y que es inagotable. Se conoce que los hombres ignoran vuestra situación. Venid conmigo y tendréis albergue, alimento y juguetes; todo lo que queráis. ¿Pero tú quién eres? dijo el mayor de los cuatro. -Un niño como vosotros que no encontró posada para nacer entre los judíos, pero que esta noche la encontrará para todos, porque estamos entre cristianos. La voz del Niño Jesús llegaba al alma á los golfos; no tenía aspecto aquel chico de cumplir lo que ofrecía, pero le creyeron y le siguieron confiados. En el camino se enteró- Jesús de quiénes eran aquellos muchachos. Dos de ellos carecían de padre y madre; el tercero tenía padre, pero no se ocupaba para nada de su hijo porque le había salido mucho que hacer en la taberna; el cuarto poseía madre, pero en la cárcel por un hurto. La Justicia un día había entrado en- su casa, se había llevado á su madre, y á él le había puesto en medio del arroyo para que purgara el delito que no había cometido. I