Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
más recio mejor; la cuestión, está en hacer ruido, mucho ruido, hasta que el parche se abra, como el cartaginés, incautamente, ante la violencia y el duro ataque de los palillos. No hay chico que en estos días no consiga de la madre la compra de un tambor al salir á la calle; bien agarrados de la falda, se plantan delante del primer puesto donde los ven, y ni Cristo pasó de la cruz ni la criatura de allí sin su tambor, porque si no ¡Dios nos libre! qué lloro, qué pataleo; el chico apela á todos los recursos, hasta LA CALLE DB CUCHILLEEOS SN DÍAS DK PASCUA el último, el más desesperado, el de tirarse al suelo y revolcarse como los rucios en la pradera, lo que produce su efecto; el chico que ha salido de casa cogido de la falda de su madre sollozando por el camino ¡yo quiero un tambor! consigue al fln su propósito. ¡Con qué afán lo coge y lo examina, se lo cuelga al cuello, suelta ya á su madre y va delante de ella abriendo marcha en clase de batidor! Luego, al llegar á casa, no hay manos en la familia bastante autorizadas para arrebatárselo de pu poder; el chico no suelta el tambor tan fácilmente, y redoblando, redoblando fuerte por los pasillos, viene á contribuir por su parte á esa gran jaqueca de los días de Pascua. Pero vuelvo á decir que el tambor todavía puede tolerarse; pero ese odioso abejorreo de la zambomba, ¿hay quien lo resista? Pues nada digo á ustedes de esas tribus que se echan á la calle por la noche, y por aquello de ser Nochebuena, disfrutan el privilegio de invadir la tranquilidad de las gentes, arrastrando latas, zumbando panderos y machacando con los almireces en los propios sesos del transeúnte. En cada taberna hacen una estación; lo enronquecido de las voces con las frecuentes libaciones son causa de que el canto que acompaña la infernal algarabía de instrumentos tan antipáticos sea más destemplado cada vez; algunas inocentes que forman parte de la caravana, ya con el pelo desgreñado, el andar jadeante y la mirada más turbia que una traída de aguas, dejan en cada copla una desvergüenza, que gracias al brusco azote del pandero se cubre y se tapa; toda la noche así, y luego al día siguiente, bien dormido yireposado el cuerpo, se ven y dicen; Cdánto nos hemos divertido! El que tiene la desgracia de vivir en las inmediaciones de cualquier mercado ó plazuela, ya tiene bastante en estos días, como no sea de los que cogen el sueño al acostarse y lo echan una llave; el que no disfrute de ese privilegio, abrirá dulcemente los ojos mecido por los delicados pregones que suben desde el arroyo y entran hasta la cabecera de la cama. Bn estos días se conoce que el que más chilla es el que más vende. A LA PLAZA MAYOE Esta especie de axioma comercial es de muy funestos resultados. ¡A quién le doy un capón! ¡quién, quién se lo lleva! ¡Aquí está Rufino, aquí tenéis á Kufino, parroquianas! ¡Los mejores capones de Madridl dice uno. Y salta otro: ¡Ay qué besugo! ¡Morena, qué besugo! ¡yo lo tengo fresco y bueno! Y otro que está muy cerca, casi en el oído: ¡Anden, anden! ¡miren qué pavol ¡vaya una ganga! ¿no me lleváis el pavo? Forma parte del cuadro alguna orquesta de impedidos, de todo menos para tocar, que aprovechando la festividad del día la emprenden con Nuestro Señor desde el propio portal de Belén, y no le dejan en paz hasta que le ven crucificado. El cantar de los villancicos, los pregones, las panderas, los tambores, son la desesperación, el martirio de- tan cláoicas fiestas. Por más que todo está explicado. Dice el refrán que de la panza sale la danza y de la panza de algunos animales salen los parches de las panderetas y tambores. Nieguen ustedes ahora la bondad del refrán. LUIS G A B A L D Ó N Fotografías de López del Arco