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w s. El calendarití toca á su fin; las crueles hojas del almanaque, que cada día devoran una ilusión ó una esperanza, van cay en- do en el cesto de los papeles. Ante laperspectiva de la Navidad, todo el mundo sé prepara: el empleado consume su paga extríaordinaria en la adquisición áe muteriales alimenticios; los litó- grafos ocupan su minerva con e iciíacíones, ora en prosa, ya en verso. La gastronomía prepara sus codiciosos apetitos. Los pavos en manadas invaden las calles, abandonan la aldea y vienen á la corte, donde les espera el más cruento sacrificio. Se acercan las tradicionales fiestas de Navidad; ya los fabricantes de turrones, mazapanes y demás peladillas asoman por los escaparates con el clásico sombrero alicantino; la Pascua se avecina, los chicos dér barrio atruenan la calle con el tambor, el odioso tambor que la cariñosa mano de la madre puso en sus manos para contento suyo y mortificación de la vecindad. TALLBE DE TAMBOEKS Pero; del mal, el menos: de todos los ruidos que en estos días invaden nuestra cabeza es el más llevadero el único soportable, existiendo el áspero repicar del pandero, el tierno rabel, la profunda zambomba, la delicadlsim a chicharra, los alnaiféces y el tronar de las latas. Pase el táfiíbor, en cuya fabricación sencilla y primitiva se ocupan multitud de obreros; los chicos se organizan en cuadrillas, y desde por la maflana hasta que el sol se pone es el mover de los palillos y el azotar el parche, cuanto