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GHNMO V FKIURA 1.1 trlrjiío leí iuitov iba tiemlo i viiK- ule. IVro un triunfo de, suuii iim, jn teuui algo de eMpauloso, como el del domador en la jíina de las rieraf. I. a platea parecía contener una í) la alma anhéloea y veñ. y. r cilla, ine (luitalia a lúa cuerpos la scnHación de aLc) i; o en aquel aire de polvi lio de luz, iinprcjíiiado ile sudoi y escuciau, A cnyu tra cs, y contrastando con la obscura é informe aL lomeracirtn de caliezjís en el patio y los anfiít- atrce, ce veían los escotes y los traiea claros de les palcos en la- explosionen lirilianteH de lan cornucopias eléctricas, llenos de flores y destellos, con abanicos que los brazos desnudos movían en silencio como guirnalda de mariposas. En uno de ellos, en el segundo palco de la. izquierda, con sus padres y su prima Berta, la burlona irresistible, estaba Ángeles, la novia del autor, vestida de, celeste, admirablemente peinada, con un espñt de plumas y una flecha de brillantes en el negro pelo, quizás demasiado rojos los labios y í demasiado pintadas las ojeras en su carilla ideal de caprichosa, blanca coino eL cuello, de esa blancura de leche de la velutina. Callada y absorta, con una contracción nerviosa de triunfo envíos labios, era, sin embargo, la única que no llevaba la ilación del drama. El codo, de guante blanco, en, la balaustrada grana; el abanico en la barba, y la cabeza medio vuelta hacia la sala, donde seguía en una voluptuosa aspiración los estremecimientos del público, observándole, recogiendo sus latidos, que acentuaban la expresión singular, un poco diabólica, de BU sonrisa. De cuando en cuando flameaba en sus dormidos ojos de gaita un relámpago de saósíacción: era que sorprendía unos gemelos mirándola; los pocos iniciados que asistían al teatro habían extendido la noticia de queaíK estaba la novia del nuevo autor, y la noticia rodaba de butaca á butaca, de palco á palco, y Ángeles 1 seguía en sus zig- zas, y empezaba á sentirse heroína disimulada de la fiesta, flechada por aquellos anteojos, á los que si guiaba la curiosidad desde cada hermosura del drama, los contenía en arrobos de contemplación su propia soberana belleza. De pronto se produjo un murmullo profundo de pasiones removidas. La dama, con su lujo de reina, desde lo alta de su gran celebridad artística, acababa de llamar estúpidas á las mojigatas burguesas que habían pretendido burlarse de su libertad. Era la mujer del porvenir, triunfante. Estalló un aplauso, el primero de la noche, enérgico y nervioso, pero lo cortó un siseo lleno de imperio. Fué un paréntesis de la atención, y muchos gemelos se dirigieron hacia Angeles; con más descaro que ninguno, el de un oficial de la Princesa, allá enfrente, desde el palco del Ydoz, guapo, arrogante, con su pelliza blanca de pieles negras y cordones dorados. Estaba de pie, detiás de las sillas ocupadas por unos caballeros calvos de gran pechera reluciente, y no miraba sino de tarde en tarde al escenario, inclinándose sobre la baranda. ¡Oh I El Yélozl Ese palco, cuyas miradas suelenconsagrar en los teatros la fama ola hermosura á la moda. También Ángeles solicitaba su interés, gracias á la actualidad que venía á prestarla aquella noche el éxito ya indudable d e su novio. Cogió sus gemelos, miró á cualquier parte, al oficial luego, que la tenía clavada con los suyos, y los abandonó en la falda de la prima Berta, que dijo entre maliciosa y burlona: -Te conquista el húsar. Siguió la representación. Ángeles, con los ojos muy abiertos sobre la escena, no atendía. Recordaba la época en que, meses atrás, conoció á Ricardo entre las biisas y alegrías del Sardinero. Una crónica melosa, con su nombre entre flores, un deseo de pagar en sonrisas al corresponsal, un afán de monopolizar sus elogios en letras de molde.