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se asustasen de la fijeza del público, que no perdía ni una frase, ni un gesto. Hubo aplausos á cada momento, sobretodo al final de los actos. Cuando terminó el drama, la ovación fué delirante; se levantó la cortina muchas veces; dentro de bastidores la alegría era indescriptible: lloraban todos, ijnos á otros se abrazaban y se daban besos. Aquello era algo más que un succés d estime. Los éxitos continuaron. Una noche se levanta el telón, aparece una soberbia decoración de Muriel, y es recibida con un aplauso cerrado, atronador. Eso en un París es un triunfo d primer orden. Otra noche Coquelin cadet pidió entusiasmado que le presentaran á Díaz, el actor cómico. Había hecho irreprochablemente uno de esos papeles en que él pone sin igual gracia. Coquelin le llena de alabanzas, le prodiga frases encomiásticas, pero... en francés. El pobre Manolo Díaz, medio aturdido y confuso, no entendía ni jota, y sólo supo contestar casi en andaluz: -Merzi, merzi, mezié. Los esposos Díaz de Mendoza fueron invitados á ISé Comedie Frangaise y presentados á los actores, recibiendo de todos muestras de admiración y simpatías. A María Guerrero se le pidió tomase parte en la inauguración de las recepciones de invierno de Le Fígaro. Allí representó con Coquelin una de las más famosas escenas del Don Juan de Moliere, el diálogo de Charlotte y de Pierron. Recitó además el monólogo de Echegaray Fl canto de la sirena. Los críticos franceses no han regateado las muestras de aprobación. Catulle Mendes escribió un artículo admirable ensalzando las bellezas del teatro español. BSOBNA D FAMILIA K Sólo Sarcey se ha mostrado un tanto frío. La causa, según nos ha dicho persona que nos merece crédito, y que no intervino para nada en el episodio, fué pueril, insignificante. Sarcey siente debilidad por una gran amiga suya, una eminente actriz francesa, cuyo nombre no hace al caso. Los esposos Díaz de Mendoza fueron á ver una tragedia en que la citada actriz era la protagonista. Al fin del quinto acto creyeron terminada la obra. La acción, que parecía tener allí su desenlace; un movimiento brusco del público, que tal vez no fuera más que el producido por el público acostumbrado á salir á los boulevares durante los entreactos, hiciéronles creer que había concluido la función. Se fueron de honafide, con la mejor intención, sin pizca de maldad, y faltaban todavía dos ó tres actos. La actriz, que creyó ver en esto un desprecio, considerando aquella natural retirada como una deserción, contó sus cuitas á Sarcey, mostró á éste su encono, y éste no tardó en tomarse la revancha. Después de París debían de trabajar en Londres. Pero allí el teatro contratado resultó aún más pequeño y no cupieron los telones; diflcuitad que por no ser prevista oportunamente, ocasionó una pérdida considerable. Sin ese gasto inútil, el éxito financiero de la expedición hubiera sido tal vez grande. El presupuesto de la compañía, compuesta dé más de cuarenta personas entre actores, criados y personal administrativo, se cubrió en todas partes con él importe de las entradas. Pero no eran posibles las ganancias. Casi todo el tiempo lo invirtieron en trasladarse de un sitio á otro, y las funciones resultaron pocas en conjunto. i Rápidamente, con el tiempo medido, como viajan los toreros, que llegan siempre el mismo día de lá corrida, pasaron por Bruselas, Milán, Genova y Roma. En esta última capital fueron muy agasajados por la colonia española. Les hicieron innumerables regalos, entre ellos un precioso busto de mujer del ilustre escultor Apoloni, premiado en la Exposición de Barcelona; una escultura bonitísima de Emilio Benlliure y un artístico pergamino con la firmas autógrafas de Merry del Val, Heredia, Ville gas y demás ilustres compatriotas allí residentes. GABEIBL R E S P A S A Fotógrafiás Franzéñ EBPASANDO ÜN PAPBL