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una cueva cercana á Babilonia, pues temía ser perseguida y ultrajada por íes mismos que intentaban matar al sátrapa. Pocos días después de este suceso, habiendo notado Efestión, el mayor amigo y confidente de Alejandro, que éste andaba asaz pensativo, cabizbajo y melancólico, le preguntó la cansa, y Alejandro, exhalando un suspiro, respondió: -Es una cosa extrafia, querido Efestión, lo que me sucede. Ya sabes que para precaverme recibo á las mujeres con el rostro cubierto, porque las hermosas persas hacen daño á los ojos (1) Ay! ¿De qué me ha servido? ¡Ya veo que el enemigo más allá de los ojos se oculta! -Eecordarás que últimamente me pidió audiencia una dama, hija del sátrapa Artaairo; y yo, fiel á mi propósito, no alcé el trozo de púrpura que me impedía verla. Pero escuché su voz, y no hay arpa hebrea ni lira eolia que á la cadencia de esa voz pueda compararse. El corazón me salta sólo de recordar la música de esa voz. A solas repito palabras que ella pronunció, por evocar mejor el recuerdo del tono con que las dijo. No sé cómo no atrepellé por todo y no la detuve aquí cautiva, para segair oyéndola: creo que fué efecto del mismo encanto que la voz me produjo. Estaba que ni me atrevía á respirar. -Y ahora, de día, de noche, tengo aquella voz en los oídos, sueño con ella, y sólo puede aliviar mi mal oiría resonar otra vez. Ya lo sabes. riguó su refugio, y Efestión, antes de llevarla á la presencia de Alejandro, la enteró de cómo el rey, prendado de su voz, se moría por ella. La joven persa, al saber esto, murmuró dulcemente con su voz melodiosa, que la emoción timbraba: -Gloria es para mí haber causado tal impresión en el gran rey; pero la placa de plata en que contemplo mi rostro después del bafio y el tocado, me dice que no soy bella; Alejandro, al verme, perderá las ilusiones. Temo su indignación, y temo sobre todo que recaiga su cólera sobre mi padre. ¿Por qué no le haces creer á Alejandro que estoy obligada por un voto á los dioses á presentarme cubierta la cara con un velo? Yo no he visto á Alejandro; él no me verá... y así tal vez consiga evitar su enojo. Pareció á Efestión tan excelente el ardid de la discreta Zenana, que la misma noche fué conducida á los jardines del gineceo de Alejandro. Embriagado éste con la divina voz de lá joven persa, se resignó á la condición del velo, y hasta encontró en ella un misterio picante y un singular hechizo. Le parecía que aquel amor velado y ajeno al vulgar incentivo de unas facciones más ó menos lindas, era algo delicado y original que no había gustado nunca. El casto imán de aquel velo triunfó de las desnudeces y la licencia impúdica de las otras damas persas, obstinadas en requerir al héroe. Habla y no te descubTas murmuraba tiernamente Alejandro, sentado cerca He una fnente la Inní Búscame á Zenana, tráemela aquí, ¿Qrqi e si no, conozco que perderé el juicio. Obedeció Efestión, y puso en actividad á mucha gente á fin de descubrir la misteriosa hermosura: -por tal la tenía. -Bien escondida estaba Zenana, pero a! fin se ave- (1) Histórico. fingía en el agua de los surtidores continuo desgrane de perlas; y las rosas del Gulistán, que después se llamaron de Alejandría, dejaban caer sobre las cabezas de los amantes perfumados pétalos. -Y fué el amor de Zenana el más largo de cuantos disfrutó Alejandro en su corta vida. EMILIA PAEDO BAZÁN