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Tk -0- F. -rr yM m A FRUTA PROHIBIDA Empezaba la convalecencia, no tan penosa, pero sin duda más larga que la pesada enfermedad de cuyas garras habia logrado desprenderme á fuerza de dinero en recetas. El doctor aconsejóme los aires del campo; fué Pero Grullo de la misma opinión, y partí á la aldea. Aunque sean datos poco importantes, diré que ésta se hallaba situada en el empalme de dos carreteras, que sus casitas blancas rompían la monotonía de extenso valle, y que la rodeaban montañas de considerable altura. También diré (y esto para el relato ya es más esencial) que en aquel perfumado recinto había visto deslizarse muchas horas de mi niñez, con lo cual dicho queda que, aunque no hiciera memoria de ninguna persona de aquellas cercanías, era yo popularisimo en la comarca. Acostumbrado de siempre al bullicio de Madrid, al barullo de paseos y teatros, á la vida de sociedad, á las murmuraciones de Fornos, á la buena música, á los toros, á las mujeres elegantes y livianas y á otras cien cosas más adorables cuanto más me rendían, natural y lógico fué que Villaoscura, con sus carreteras, sus montañas, sus fuentes y su río, me pareciera una tumba muy hermosa, pero sepulcro al fin, y reñido, como tal, con las ansiedades de los vivos; un jardín donde todo (menos las flores, el aire y la luz) era zafio, monótono y desagradable Ocho ó diez días llevaba en Villaoscura cuando encontré un amigo. ¡Gracias á Dios! Pablo, muchacho despejadísimo, de noble corazón y que supo cautivarme con sus atenciones, pasó algunos días en la aldea. Cuando partió nos juramos eterna amistad. Aún no nos habíamos confiado ningún secreto. II Éranee cuatro chiquillas como cuatro estrellas la hija y las sobrinas del Sr. D. Juan de la Cruz Menéndez, el cual habla reunido en América cierta riqueza regular, que le permitía tener casa propia en la aldea y en la capital de la provincia, agasajar á los cuatro pajarillos que le rodeaban, tomar café de refinado sibarita y regalar á los amigos (yo entre ellos) soberbios tabacos de Hoyo de Monterey. Conocí en cierta romería á D. Juan de la Cruz, y de buenas á primeras, gruñe que gruñe, me largó la siguiente andanada: -Sepa usted, Juanito, que mi intimidad con su familia data de muchos años. Era usted un arrapiezo Así, ues, no quiero etiquetas. Usted entra en mi casa á todas horas, come conmigo siempre que se le antoje, charla con las niñas y hace lo que le dé la gana en la huerta, ¿está usted? Y si no acepta usted, será un majadero. -Perfectamente, D; Juan de la Cruz. Quedará usted archieomplacido de mi llaneza. -Allá veremos Ah I Esta tontuela es mi hija Concha. Mé quedé mirándola. En medio de la sencillez de su atavío y cortedad de su genio, se traslucía no sé qué de ¡retozón, fino y profundamente simpático que traspasaba el alma.