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f J- í Sucedió, pues, que Cambises, conocedor de la incondicional lealtad de su mayordomo, preguntóle un día qué decían de su rey loa vasallos. Y como Prejaspes hubiese observado que al monarca le enfurecía y exaltaba el beber, contestóle lleno de buena intención y con entereza y respeto: Señor, opinan que eres un soberano valeroso y grande, pero que te gusta el vino en demasía. No complació la respuesta á Cambises, por lo mismo que exhalaba el acre aroma de la verdad; frunció el poblado entrecejo de azabache, y por sus ojos cruzó un relámpago como el que despide el puñal al salir de la vaina. Sin embargo, no hizo la menor objeción- -señal malísima, -y siguió hablando con agrado á su mayordomo. Cosa de una semana después, al levantarse de la mesa, hora en que solía Cambises pasear por los jardines entreteniéndose en tirar agudas flechas á los pajarillos, llamó á Prejaspes y al hijo de Prejaspes, copero mayor de palacio; y al verles en su presencia dijo á Prejaspes en tono alegre: ¿Sabes que he estado pensando en eso de que mis vasallos comenten mi afición al vino? Porque capaces serán de creer que soy algún insensato y que el abuso de la bebida ha turbado mis sentidos, nublado mis pupilas y debilitado este brazo que puso al Egipto por alfombra de mis pies. ¿Lo creerás? Yo mismo siento aprensión y quiero hacer un ensayo. Eal Que tu hijo se coloque ahí enfrente Cuádrale bien, échale atrás los brazos para que descubra el pecho Así Voy á flechar el arco y disparar Si coloco la punta en mitad del corazón, convendrás en que se engañan mis subditos y Cambises conserva íntegras sus facultades. Prejaspes, silencioso, obedeció. Temblor profundo sacudía sus miembros; gruesas gotas de sudor helado asomaban en la raíz de sus cabellos; un vértigo cubría sus ojos. Pero aún le sostenía la esperanza quimérica de que aquello fuese una chanza feroz, y no más. Cambises tendió el arco, apuntó cuidadosa y lentamente, pellizcó la cuerda; un silbido desgarró el aire. y el hijo de Prejaspes giró y cayó al suelo desplomado. Hola gritó Cambises; aquí mis trinchantes Abrid el pecho de ese, á ver si el hierro ha partido de medio á medio el corazón. Palpitaba éste aún débilmente cuando se lo presentaron á Cambises, con la flecha plantada en el centro, sin desviación de una línea. Soltó el rey gozosa carcajada, y volvióse hacia Prejaspes, preguntándole en tono de buen humor: ¿Qué tal? ¿Sé yo disparar? ¿Sé acertar? ¿Conoces otro arquero mejor que tu rey? Tardó Prejaspes en contestar á la regia chanza cosa de medio minuto. Estaba inmóvil, y sus pupilas, inmensamente dilatadas, no sabían apartarse de aquel corazón sangriento, tibio todavía, -el corazón de su dulce hijo, cuyas débiles contracciones expirantes, á cada segundo parecían decirle con misterio: Padre, véngame. ¡Arrancar aquella flecha misma, clavarla en la tetilla de Cambises! ¡Oh ventura, oh goce! -De pronto, Prejaspes volvió en sí; era el rey, era su rey, su dueño, su arbitro, la imagen del eterno Sol sobre la tierra y devorándose el labio en desesperada mordedura, su lengua profirió esta respuesta cortesana: Señor, el dios Apolo no flecha mejor que tú É inclinándose hasta el suelo, desapareció para revolcarse á solas, para poder morderse las manos y herirse el rostro y cubrirse el cabello de ceniza. Y en presencia de Cambises, Prejaspes ocultó sus lágrimas. Fiel como el perro, acompañóle siempre. Le amó más desde que hubo entre los dos sangre y sacrificio. A su lado estaba el día en que, montando Cambises precipitadamente para sofocar una rebelión, se hirió con su propia cimitarra en el muslo, donde había herido al dios Apis; y á su cabecera cuando se gangrenó la herida y le llevó á la sepultura. Prejaspes fué quien ungió con aromas de nardo y cinamomo el cadáver, y le colocó en las sienes la tiara de oro. EMILIA PARDO BAZÁN D I B U J O S DE M É N D E Z BRINGA