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o? Ki (i. X 4 f V ui tuvo empeño en humillarla y vencerla, en satirizarla y, como hoy diríamos, ponerla en solfa. No perdía ocasión de burlarse de aqueLculto tributado á dioses con cabezas de animales, tan risible para un adorador de la Luz, el Fuego y el eterno Sol; y si casualmente sorprendía alguna ceremonia de la religión egipcia, ideaba bufonadas para escarnecerla. Acertó á regresar impensadamente á Menfis en ocasión en que se celebraba la fiesta del sagrado buey Apis; y entrándose de rondón por el templo, mandó que le sacasen allí inmediatamente al bovino dios, y tirando de cinaitarra, le hirió de una cuchillada, que quiso dar en el vientre y dio en el muslo. cEste dios que sangra y muge es digno de vosotros gritó á los egipcios, horrorizados de la profanación. Entonces el gran sacerdote, alzando las manos á la bóveda celeste, profetizó que el impío que hería al dios Apis recibiría herida igual. Cambises mandó azotar hasta el desmayo al profeta; la profecía quedó grabada en la mente de los egipcios como esperanza, como vago terror en la del rey. Tenía Cambises entre sus servidores al mayordomo Prejaspes, hombre valeroso, capaz de echarse al fuego por su monarca. Veía Prejaspes en Cambises la forma de lo divino sobre) a tierra, y entendía que un acto era bueno ó malísimo según á Cambises placía ó desplacía. Sin embargo, al mismo tiempo que tan decidida abnegación, existía en el alma de Prejaspes un instinto natural de veracidad y de honradez, que le enseñaba á discernir él valor moral de las acciones, y á darse cuenta de su alcance, al menos en su propia conducta. La única noción que Prejaspes no alcanza ba, es que si hay regla moral para las acciones humanas, esta regla obliga lo mismo ó más á los príncipes que á los vasallos, y cuando las órdenes de los prínci pes están con la regla en contradicción, la obediencia sólo á la regla es debida. No lo entendía así Prejaspes, y hasta suponía, por exceso de nobleza de ánimo, que su sangre y su vida entera y su alma inmortal pertenecían á Cambises. í CUENTO PBÉSA Pensamos los occidentales haber inventado la lealtad monárquica, y atribuímos el desarrollo de este singular sentimiento á las ideas cristianas, amalgamando los afectos que debe inspirarnos Dios, suma Causa y Bien sumo, con los que tienen por objeto á hombre nacido de mujer. Yo no sé si un sentimiento se califlca ó descalifica por ser antiguo, pero sé que la lealtad monárquica es tan vieja como los más viejos cultos, y en apoyo de esta opinión recordaré la aventura que le sucedió al adictísimo Prejaspes. Ciro había sido un soberano glorioso y justo, pero su hijo y sucesor Cambises, á medida que fué catando el vino del absoluto poder, mostró los síntomas de la embriaguez especial que ocasiona este terrible licor, destilado con sudor humano, sangre y lágrimas. Creyóse el centro de la creación y el ojo del mundo, y contribuyó á engreírle más y á persuadirle de que su voluntad no reconocía ley ni freno, su incursión por el Egipto, reino que había llegado, á brillante esplendor de civilización bajo el Faraón Amasis y que el persa rindió y subyugó, entrando triunfante en las magníficas ciudades de la ribera del Silo, henchidas de palacios, jardines en terrazas, obeliscos, pirámides, esfinges y colosos de pórfido y basalto. Dueño del Egipto Cambises, y viendo su nombre grabado en caracteres jeroglíficos en el pedestal de las estatuas naóforaa y en las columnas de los templos, se tuvo, más que por mortal, por una divinidad como Osiris, y los egipcios se postraron ante aquel conquistador de tiara de oro, aquella faz pálida venida del Oriente. Sólo hubo una categoría social que se- resistió á tributar adoración á Cambises, y fué la casta de los sacerdotes. La religión era lo único que resistía, en medio del abatimiento de todos, y por lo mismo Cambises