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se agolpaba en las calles por ver á la reina y t u corte, y por admirar el lujo de corceles empenachados, los iacajos y cocheros á la federica, las carrozas de concha y marfil y todo el elegante barroquismo qne constituye el ceremonial palatino de calle. La h e r m o s u r a de la reina, su gracia y gentileza eran ta es, que ante la realidad se achicaban las hipérboles que á, su paso se oían. Vestía de negro. Su peinado de tres potencias, con la real diadema y el velo blanco que graciosamente le caía sobre los hombros; la pedrería qne al cuello y entre los graciosos moños de su pelo ostentaba; la majestad de su rostro; la sonrisa hechicera con que agraciaba al pueblo dirigiendo- sus miradas á u n lado y otro, formaban u n conjunto que difícilmente olvidaba el que una vez tenía la suerte de verlo. Contaba poco m á s de veintiocho años y ya su nomb r e había fatigado á la Historia por las circunstancias de su casamiento, de su corta vida matrimonial, de su viudez prematura, q a e puso en sus manos Jas riendas de una nación desbocada. El anterior es indudablemente uno de los mejores retratos que se han trazado á la pluma de aquella reina de angelicar belleza, cuya venida á Esp a ñ a fué saludada como u n a aurora de regeneración y cantada por liras tan sublimes como las de Quintana, Lista, Gallego, Pastor Díaz, los duques d e Frías y de Kivae, Escosura, Espronceda, Bretón de los Herreros, Gil y Zarate, Pezuela, Ventura de la Vega, Molins, D. P e d r o Madraza, y tantos y tantos h o m b r e s eminentes. La vida de aquel Estamento fué t a n efímera como la de las rosas, y fué disuelto apenas abierto, siguiendo la suerte de todas las Cortea españolas, que no h a n llegado ninguna al término de su vida legal, y eso que ésta n o es más que de cinco años. ESTATUA DE MBNDIZABAL E n t r e los episodios novelescos que hacen interesantísima la lectura de Mendizabal, figura la historia de u n abanico, que n o puede menos de conmover á cuantos se interesan por los objetos de arte y sienten el delirio de las colecciones. Hiciéronle Laurent y Lefévre para la reina María Lenzinska por encargo de S. M. Luis XV; pero apenas concluido, se lo apropió Mad. Pompadour, que hizo p o n e r en él su divisa Virtus in arduis. F u é después de la marquesa de Maurepa; llegó á m a n o s de Godoy, que hizo con él u n regalo á la reina María Luisa; se lo llevó el mariscal Soult entre el rico y artístico botín que recogió en España, y se hicieron con él aire la emperatriz Josefina, la reina Hortensia, la célebre actriz Mlle. Mars, volviendo después de muchas vicisitudes á E s p a ñ a y á poder de los chamarileros del tiempo de Cristina, la Jacoba Zanón, corredora de alhajas y prestamista, y el viejo Maturana, diamantieta que fué de palacio en el reinado de F e r n a n d o V I I y d u r a n t e la privanza de su protector el duque de Alagón. Los chamarileros quisieron vendérselo á la Reina Gobernadora, pero esta señora no estaba entonces bien de fondos ó no quería emplearlos en cosas de lujo; y en Mendizabal n o concluye la historia del abanico, a u n q u e se supone que no volvió á salir de España, y debe hoy figurar en alguna de las colecciones famosas que existen, y son la de la infanta Isabel, las de las duquesas de F e r n á n Núñez y de Alba, la de los herederos de la condesa de Campo Alanje, las que se h a n formado con la que se disolvió á la m u e r t e de la condesa de Velle, ó e n t r e los que guarda como oro en paño D. Antonia Lambea, el sucesor de Serra. Con la historia del héroe novelesco de Mendizabal, y el simpático F e r n a n d o Calpena, sucede lo que con el abanico: no acaba; y así como ¡a artística y preciosa p r e n d a queda sepultada en los armarios de la jorobada doña Jacoba, el desdichado Fernando queda encerrado en el Saladero, en castigo, más que de sus exageraciones políticas, de sus románticos extravíos. H a y que esperar el tomo próximo de los Episodios para saber cómo continúan los sucesos que se comienzan á desarrollar en el segundo de la tercera serie, que es una joya m á s de las que Pérez Galdós ha labrado para enriquecer la literatura contemporánea. KASABAL TM -A B i S I C O DE LA COLKCCrOK SKEKA