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tes, que aquéllo ha sido una locura. ¡Cuándo se acabará estol llega uno á decir. ¿Cuándo entraremos en la vida normal? La vida normal es peor, ¡pero mucho peor I Hay en esta ciudad asi como medio millón de niños, todos sueltos por las calles, aprendiendo á torear. Todos juegan al toro. Ténganlo en cuenta los regeneradores de la nación, porque es muy importante para la reforma de las costumbres. Ea una verdadera plaga de chicos. Aquí, la clase mediayél pueblo se acuestan muy temprano, y es clarol Pues todos gritan, y se reparten en todas las calles para que del ruido disfruten todos los vecinos, sin excepción. En seguida se ha de oir la campana del tranvía eléctrico á todas horas, i Es inevitable y es necesario En San Sebastián hay, según mi cuenta, unos veinte mil pianos. Los donostiarras nacen con un piano debajo del brazo. En mi casa hay uno en el piso de abajo, otro en el de arriba, uno en la casa de la derecha y otro en la de la izquierda. A las siete de la mañana suenan los cuatro á un tiempo, y frotan el suelo en cuatro pisos cuatro criadas diferentes, pero todas con una fuerza motriz en los pies, ¡que da miedo! No hay medio de dormir. En esto pasa el regimiento tocando un paso doble que hace retemblar los cristales. El que se esté afeitando, se cortará los bofes. A las once y media, ipun! el cañonazo de la plaza de Guipúzcoa para hacer boca. Cuando menos se lo piensa el hombre aburrido que se va á la parte vieja de la población á buscar silencio, le sale á la vuelta de una esquina el pregonero y le suelta un redoble de tambor á quemarropa En loa cafés juegan al dominó con un granizar de fichas sobre la mesa que es un gusto. Los jugadores no pueden jugar si no gritan. Todo á gritos! Aquí, hablar en voz baja es pecado, como el patinar, ruido de ruedas que han hecho desaparecer los predicadores. De vez en cuaodo hay en la ciudad un momento rarísimo de calma, en el que no se oye ni la campana del eléctrico, ni el redoble de Salcedo, ni cañonazos en el castillo, ni barrenos en el monte, ni tiro al blanco, ni coro de niños, ni nada de lo corriente, y de pronto retiembla la casa. Con el aldabón de la puerta llama el comendador vestido de cartero, que trae el correo. -IjPon! iiPon, pon, pon, pon! Salta uno en la silla hasta dar con la cabeza en el techo. Y abajo grita el funcionario postal: Pero esto con voz estentórea; porque, lo repito, en esta población el que no grita ni ea nadie ni se le hace caso. Y- pot la noche, cuando al acostarse dice uno, oyendo el plácido rumor de las olas: -Yaya, ahora descansaremos Suena de pronto el mugido del mamelena de mi amigo Mercader. ¡Muuuú, muuú! El barco pesquero que entra ó que sale. Y en la calle un toque áe carracas que espanta... ¿Qué sucede? ¿qué pasa? ¿ha entrado el enemigo? -Es que hay fuego. Y por este lado de España, cuando hay fuego, en vez de tocar las campanas, se toca llamada por las calles con cornetas de día, y por las noches se toca la carraca. Me es imposible acabar este estudio Son las dos de la madrugada, y arriba hay uno que se queja de dolor de muelas á gritos, y abajo un niño que llora á chorros ¡jMe voy mañana! ¡Hasta el año que viene! ETJSEBIO BLASCO