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TRAPOS Y TRAPEROS Cruzan á veces por Madrid carros inmensos que son la deses- peración del transeúnte. Van tirados por. seis, siete ú ocho muías, que á duras penas arrastran la mole formidable del carro; su desfile no puede ser más lento, y por donde quiera que pasa interrumpe la circulación regular y el cruce de los viandantes de acera á acera. Muchos de estos carros llevan como carga una verdadera VSA XBAPEKA cordillera de papáes viejos, arrugados y sucios, de trapos inútiles, blancos, negros y de todos colores; basura, en fin, elegida y clasificada. Seguramente el lector los recuerda, como sabe también que semejante cargamento es la primera materia de las fábricas de papel, cuyos proveedores son ni más ni menos que los traperos y traperas de la villa y corte. Me he fijado en el carro de trapos viejos que hunde íSj los adoquines con las toneladas de su carga, porque asusta pensar la suma de miseria, de trabajos, de laboriosidad y de constancia que supone tan formidable mole de papeles rotos y trapos inútiles. Cada papel, cada trapo ha sido cogido separadamente y examinado con todo cuidado, objeto dé una busca especial como la trufa riquísima ó la aromática fresa silvestre, motivo quizás de disputa ó de rifia por parte de los míseros industria íes que viven de los despojos de la ciudad. Y es tan poco lo que tira á la calle un pueblo pobre I Calcúlese lo que el raísero trapero ha í ígr: de trabajar para sacar partido de su mercanciai. Sacar algo de cosas que no- DK V Ü B C T A Á OASÁ valen nada, ¿no es esto un milagro? Me, tafÍ 8 Ícamente, el hecho es imposible, y mateináticamente también: muchos ceros no pueden dar una unidad. Pero el trapero se ríe de la filosofía y de las matemáticas; con paciencia se logra todo, y esa es la principal virtud de los traperos. Su oficio es el más pobre de los oficios. La hora de ejercerlo es también la más triste del día; esa hora que precede aUmanecer, cuando es más intenso el frío de la madrugada, y los objetos empiezan á vislumbrarse envueltos en luz cárdena, profundamente triste, que embarga el I oao con honda impresión de desconsuelo. Esa I a, la má a abandonada de la noche, porque los últimos trasnochadores se han recogido y los más despiertos aún no han madrugado, es la hora del trapero, hora suya exclusiva en que la calle le pertenece. Momentos después, ya el sol habrá empuñado el cetro del día; pero en esos momentos el trapero es el amo de la calle, y no hay más cetro que su gancho ni más trono que el montón de la basura. ¡Y cuan significativo aparece el montón de basura en medio de la fría y tenebrosa soledad del primer crepúsculo! Todo en él es feo y despreciable, y hace unas horas era vida, ilusión y encanto. Allí la flor mustia, la cinta ajada, la carta rota violentamente, la cuenta precursora KL ALMACÉN