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Hace poco más de 200 años, el hoy poderosísimo imperio ruso era un agregado de tribus bárbaras. Sin comunicación con el mar, amenazada por turcos, polacos y suecos, pobrísima, Rusia corría el peligro de desaparecer cuándo Pedro el Grande subió al trono. Tenía diecisiete años. Era alto, fornido, de gallarda presencia, facciones duras y mirada centelleante y dominadora. Ningún trabajo ni fatiga le rendía. Viéndose sin ejército, aumentó la milicia. Para instruirla llevó oficiales del extranjero, entre ellos el escocés Gordon y el francés Lefortipara ejercitarla, en vez de maniobras dispuso batallas y asaltos de fortalezas completamente verdaderos, en los que había muchas bajas por ambas partes, quedando gravemente herido en un asalto el propio Lefort, general de los asaltantes. Por tan duros procedimientos hizo el ejército que venció á Carlos XII en Pultava, arrancó á los turcos la plaza de Azof, y redujo á la defensiva á los ante 9 invasores polacos. De nifio adquirió tal horror al agua, que la sola vista de un lago ó de un río le producía convulsiones. Venció aquel horror, se hizo marino, creó escuadras, y fundó junto al mar la capital de su imperio. Para aprender construcción naval fué á Holanda, y trabajó por sus propias manos como obrero, sin que nadie le conociese, en los astilleros de Amsterdam. Todo gustaba de hacerlo por sí, y más de una vez ejecutó por su propia mano las sentencias que dictara. La violencia era uno de los rasgos predominantes de aquel carácter extraordinario; pero tenía tal fuerza de voluntad, que muchas veces lograba vencerse. En cierta orgía quiso matar á Lefort. Vuelto á la razón, exclamó: Quiero reformar á mi patria y no puedo reformarme á mí mismo. No pudiendo reformar á su hijo Alejo, le condenó á muerte. Cuando le llegó la hora de dar cuenta á Dios de su obra, quedaban humilladas y vencidas para siempre Suecía, Polonia y Turquía, el imperio ruso fundado, convertido en gran potencia y camino de Constantinopla. e Este artículo va siendo largo y aún quedan por mencionar los hechos de Guillermo III de Orange, el hombre extraordinario que después de haber salvado á Holanda del poder de Luis XIV, anegándola, acabó en Inglaterra lo comenzado por Cromwell; aún queda por consignar un recuerdo á Federico II de Prusia. Hay tema con estos recuerdos para un libro y para muchas y muy hondas meditaciones llenas de grandes enseñanzas, de las cuales la mayor es ésta: Cuando el período de incubación del hombre providencial transcurre estérilmente, sin que las angustias y las convulsiones del pueblo enfermo lleguen á producir el remedio necesario, la enfermedad es mortal y el organismo estéril pasa á la Historia. G. EEPARAZ