Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A la anarquía material correspondía la anarquía moral, como en nuestro tiempo y como siempre. Son estados inseparables. El derrengado organismo castellano ya no se proponía cosa alguna. Los proyectos de conquista africana de Fernando III yacían en el mág completo olvido. La Reconquista había cesado. El rey moro de Granada podía entregarse tranquilo á los placeres del harem y á sus certámenes poéticos (ni más ni menos como su colega castellano) sin temor á algaras de enemigos. La raza maldita de los Trastamaras, estirpe de adúlteros y fratricidas, venida de Francia en la punta de las espadas de las Compañías blancas de Beltrán Duguesclin, murió con Enrique IV, dejando tan muerta á la triste Castilla, que D. Alfonso V de Portugal pudo intentar su conquista con probabilidad de éxito. Bastó que manos fuertes empuñasen la simbólica vara mosaica para que, pasados no muchos años, estuviese Portugal en peligro de ser absorbido por Castilla. Los Beyes Católicos, Fernando é Isabel, restablecieron el orden, castigando severísima y ejemplarmente á los poderosos que le alteraban, muchos de los cuales pagaron sus delitos con la cabeza. Restablecieron lajusticia con aplicarla á todos por igual, empezando por aquel riquísimo Alvaro Yáñez, mercader de Medina del Campo, y por el hijo del almirante de Castilla, primo hermano del rey; la misma reina presidió en ocasiones los tribunales, desacreditando con su inexorable equidad las recomendaciones y empeños, plaga de las sociedades degeneradas. E luego en pocos días, súpitamente, se imprimió en los corazones de todos tan gran miedo, que ninguno osaba sacar armas contra otro; todos se amansaron é pacificaron, todos estaban sometidos á la justicia. (Pulgar. Crónica, parte III, cap. XXXI. Tanto pueden en un reino moribundo el buen ejemplo y la vigorosa iniciativa de lo alto I Castilla, rehecha máfterialmente, regenerada por sus reyes, sintióse con fuerzas para mayores empresas, y fué, unida á Aragón, acabadora de la Eeconquista, descubridora de mundos, pobladora de remotas islas y continentes y directora de Europa por espacio de más de siglo y medio. Poco antes de morir Felipe II, el secular conflicto pendiente entre España y Francia parecía resuelto en favor de España. La descomposición de Francia era completa. La corrupción de las costumbres, grande; las ambiciones partidarias, sin freno; las luchas religiosas, enconadísimas; el pueblo, sin ideales. El monarca español pensó con fundamento bastante que podría sentar á su querida hija Isabel Clara Eugenia en el trono de San Luis. Tenía en su favor el poderoso partido católico con el duque de Mayena á la cabeza. Enfrente sólo un aventurero hugonote: el rey de Navarra, Enrique de Borbón. Pero ese aventurero era al propio tiempo gran general y consumado político. Vencedor del partido católico, consolida la victoria entrando en el seno de la Iglesia. cParís bien vale una misa dijo con maravi llosa oportunidad. Sostiene sin desventaja la guerra con España, y penetrando con admirable perspicacia hasta las causas, todavía poco perceptibles, que hacían la fuerza de ésta más aparente que real, prepara la política que había de dar á la moribunda Francia de los últimos Valois el primer puesto entre las naciones de Europa con Luis XIII y Luis XIV. Con razón miran en Enrique IV los franceses el mejor y más genial de sus reyes. No menos bien dicen, y con igual justicia, de Oliverio Oromwell los ingleses. Vivía obscura y pobremente en un pueblecillo de Inglaterra al comenzar la guerra entre Carlos I y el Parlamento, y contaba cuarenta años cuando se determinó á tomar las armas contra el rey. Vio que, teniendo éste ejército y aquél sólo milicias sin instrucción, las probabilidades de triunfo estaban de parte de la corona. Buscó para el regimiento que mandaba hombres de honrada condición, de carácter grave, temerosos de Dios y entusiastas de las libertades públicas, no aventureros á jornal (Macaulay. Hist de la rev. de Inglaterra, 1.1 p. 160. Con tal gente venció en Marston Moor y en Naseby, y fundó, caída en el patíbulo la cabeza de Carlos I, la dictadura militar que hizo á Inglaterra, hasta entonces Estado humilde sin influencia en Europa, nación temida por mar y tierra. Dio tranquilidad al país, conquistó á Irlanda, impúsose á España, dictó la paz á las Provincias Unidas, y puso con el Acta de Navegación la primera piedra del Imperio británico. Mientras vivió, la firmeza de su voluntad fué objeto de odio, de admiración y de terror por parte de sus subditos. (Id. p. 189.